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Cuando las sonámbulas prescribían a los médicos...

El mesmerismo y el magnetismo animal


A finales del siglo XVIII, el médico alemán Franz Mesmer sostenía la creencia de que tanto los cuerpos astrales como los seres vivos compartían un fluido universal, una fuerza similar al magnetismo terrestre que intervenía en los fenómenos fisiológicos. También pensaba que actuando sobre esta energía se podrían curar enfermedades. Influido por los alquimistas, primero lo intentó con imanes naturales, después con lo que denominó el “magnetismo animal”. El magnetismo animal era esta energía o fluido eléctrico que podía pasar de un cuerpo a otro, o mediante corrientes energéticas con metales. Para ello, Mesmer se valía de los pases magnéticos a través de sus manos (y su movimiento) y, más tarde, de un sistema de “magnetización colectiva” con el baquet.


A la izquierda los pases magnéticos. A la derecha una sesión de magnetización colectiva con el baquet

El tratamiento mediante el baquet se realizaba en un ambiente “teatral”, en un salón con música, en el centro del cual se ubicaba un condensador magnético: un depósito circular cerrado, con botellas de vidrio con agua magnetizada en su interior y de donde salían hacia fuera varillas metálicas en cuya punta se ponían en contacto las partes enfermas. La “cadena magnética” se producía cuando las pacientes unían sus pulgares entre ellas para que la energía sanadora fluyera desde el baquet hacia todas a la vez, de tal forma que pudiera circular el fluido sanador. La curación venía a través de una “crisis” (escalofríos, sudoración, convulsiones, desmayos). Cuando ocurría, se llevaba a la paciente a la “sala de crisis” donde el magnetizador la atendía mediante pases.


Uno de los discípulos de Mesmer, el marqués de Puységur, percibió que algunas de sus pacientes se dormían casi por completo cuando les hacía la imposición de manos. Descubrió un fenómeno que se conocería a partir de entonces como “sonambulismo artificial” y que posteriormente se asociaría con la hipnosis.


El éxito social de Mesmer, primero en Alemania y después en Francia, tuvo que ver con que supo disolver también fronteras de clase social, atraía tanto a gente poderosa y pudiente como al pueblo llano; todos acudían a presenciar sus demostraciones prácticas, atestiguando sus curas. Mesmer se convirtió rápidamente en un “médico de moda” y con ello en una amenaza para la Academia y la medicina oficial de la época. Una medicina regular cuyos tratamientos “heroicos” (sanguijuelas, cirugías, etc.) tenían poco que ofrecer como alternativa. En Francia, una Comisión de investigación concluyó que los resultados favorables de Mesmer se debían sólo a la imaginación de las pacientes y que sus prácticas, además, eran “moralmente peligrosas” (Luis Montiel).


El saber corporal de las sonámbulas


Siguiendo a Luis Montiel y su libro Magnetizadores y sonámbulas en la Alemania romántica, lo que nos interesa del mesmerismo o magnetismo animal no es su “evidencia científica”, ni que constituyó un antecedente y allanó el camino al psicoanálisis, sino que propició con sus métodos la emergencia de la subjetividad de las pacientes. Y decimos “las” pacientes, porque el mesmerismo reprodujo (como veremos, en parte) ese imaginario de médico-varón sujeto de conocimiento sobre paciente-mujer objeto del mismo. Lo interesante es que, con las sonámbulas del romanticismo alemán, esta relación de saber/poder se hizo más compleja. Los roles no estaban tan claros.


La tesis de Luis Montiel, es que bastantes casos relevantes de sonámbulas románticas muestran “una cierta rebelión frente al rol asignado que encuentra en el sonambulismo y sus manifestaciones el cauce para manifestarse” (Montiel). Y es que en la etapa puramente sonambúlica, se observaban en las pacientes fenómenos extraordinarios. Empezando porque nunca tropezaban con los objetos en dicho estado. Lo cual se debía a una gran hipersensibilidad de los sentidos corporales (excepto la visión). Podían “ver” sin emplear los ojos, tenían un sentido de la vista extra-ocular a través del “sentimiento” o la piel. Por ejemplo, eran capaces de leer o reconocer cartas con los ojos vendados con la punta de los dedos o con el epigastrio (plexo solar). Además, algunas tenían experiencias de visión del interior del cuerpo: sin tener conocimientos médicos ni estudios, eran capaces de describir con detalle anatómico y precisión, “como si los estuvieran viendo”, sus órganos y sus lesiones. También podían rememorar sucesos olvidados de infancia, o reaccionar a las agresiones o dolencias ajenas, etc. En definitiva, mostraban capacidades sensoriales extraordinarias y, con ello, una agudeza intelectual y un conocimiento sorprendente.


La autoridad de las sonámbulas frente a los médicos


Una de esas capacidades, la visión interior del cuerpo en estado de clarividencia, condujo al auto-diagnóstico y a la prescripción de medicamentos de algunas de ellas (fue el caso de Lisette Kornacher). No solo eso, la posibilidad de contemplar, con fines diagnósticos, el interior de terceras personas: o bien estableciendo entre la sonámbula y la tercera persona un rapport a través del magnetizador mediante pases; o bien porque la propia sonámbula experimentaba los mismos síntomas que el visitante. Sonámbulas como Friederike Hauffe (conocida como la Vidente de Prevorst) diagnosticaron incluso dolencias de las que el portador no era consciente o mantenía en secreto. Friederike Hauffe llevó a su médico incluso a afirmar la existencia de un mundo de espíritus que podría conectarse con el mundo de los vivos. Montiel describe el caso de varios médicos que no tenían ningún reparo en dejarse guiar por las sonámbulas, quienes empezaron a gozar de una autonomía vedada por la sociedad y la medicina tradicional, tanto a pacientes como a mujeres. Básicamente, ellas les daban instrucciones sobre lo que ellos les debían prescribir. Lo cual implicaba, ni más ni menos, “el traspaso de poderes del médico a la propia paciente” (Luis Montiel).


“Lo que nació en la Ilustración como una práctica terapéutica dirigida por el médico, se convierte durante el período romántico en algo notablemente heterodoxo desde el punto de vista profesional, llegándose en muchos casos a una casi total inversión de roles” (Luis Montiel). La sonámbula con sus capacidades había asaltado la indiscutida autoridad del médico, llevaba las riendas de la terapia; un rol dominante que convertía al magnetizador en mero oyente o transmisor de sus revelaciones. No solo eso, durante el sueño magnético manifestaba sus opiniones y pensamientos de forma abierta, desinhibida y desatada de sus limitaciones como mujer en la época.


Gracias a sus “extraños poderes” que la comunicaban con espíritus, Magdalene Grombach (“la muchacha de Orlach”), una mujer joven y enferma, fue capaz de imponer su voluntad frente a su padre y su médico. Lady Susan Lincoln (esposa de Lord Lincoln) fue revelando a través de su sueño magnético, con la inocencia y la irresponsabilidad que su condición de sonámbula le concedía, que la causa de su enfermedad era su insatisfacción sexual con su marido (en Luis Montiel).


En definitiva, el sonambulismo representó algo inédito en la historia de la medicina: el rol dominante de la paciente respecto al médico. No solo eso, permitió aflorar una subjetividad amordazada por su condición como mujeres en la época y que bajo sueño magnético se veía libre para salir, expresarse e imponer sus deseos.

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