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Escuchas-reptilianas: jamás tendrán nuestro silencio

  • hace 6 días
  • 12 Min. de lectura

Charlie Ochoa

@una.rata.albina


Un pájarocolor café con los ojos vendados se sostiene sobre una rama con hojas verdes. Del cuello de pájaro cuelga una máscara con cara de humano con ojos cerrados y lágrimas sobre las mejillas. Les rodean unas hierbas (diente de león)

Ilustración de Laura Antonio Viquez




Escuchar es un acto profundamente político y encarnado. Trasciende a la oreja, al oído, y se extiende a cada escama de la piel, como un reptil que, sin pabellón auricular, logra no solo escuchar, sino sentir cada sonido. ¿Y si nosotros escucháramos como ellos? ¿Qué escucharíamos? Porque existen discursos inaudibles para nosotros, no silentes, pero sí casi imperceptibles, imposibles de escuchar. ¿Es la locura uno de ellos? ¿Cuál es la relación entre lenguaje, silencio y locura? ¿Se puede escuchar algo que no sea lenguaje? ¿Es eso una locura de la escucha?


Estas son algunas de las preguntas que planeo. Más que responder, propongo explorarlas a lo largo de este breve ensayo que se divide en cinco apartados: lo audible, lo inaudible, locuras acústicas, locura musical y escuchas-reptilianas. Mi propuesta consiste en una transgresión del lenguaje, una ampliación de la escucha y una cuirización y reptilización de la acústica que nos permita ampliar nuestro universo sonoro y componer otros horizontes musicales en nuestro día a día. 


Lo audible


El sonido no preexiste a sus relaciones. Es materia, pero materia viva e intraactiva. Como nos recuerda la física y filósofa Karen Barad, “... la materia no es una simple cosa, algo inanimado que está dado. Por el contrario, la materia es una sustancia en devenir intraactivo; no una cosa, sino un hacer, un coagular de la agencia.” (Barad, 2023:16). El sonido es la conexión que hace con todos los seres animados e inanimados que perciben ondas, opera a través de relaciones: es silencio cuando nadie lo escucha. Es una fuerza, una energía que descoloca al sujeto cuando lo toca, lo moldea sensorialmente, lo reconfigura físicamente. 


Pero sobre todo, el sonido, para nosotrxs, es lo que hemos logrado entender sobre él; es inseparable de las teorías que lo explican. “El conocimiento auditivo es un constructo epistemológico radical que se despliega como un acontecimiento espacio-temporal: el sonido abre un campo de interacción para convertirse en un canal, un fluido…” (LaBelle, 2019:12) que se difunde en el cuerpo-territorio de manera omnidimensional. 


El sonido no es presencia, es penetración, contagio, evocación; se parte y reparte, no entre orejas, sino entre corporalidades completas, como un reptil que, sin oídos, siente las vibraciones acústicas con cada escama de la piel. Así, no existe un sujeto acústico, sino que los seres devienen sujetos al resonar (y también al escuchar), porque sonar “... no es sólo emitir un sonido, sino extenderse, trasladarse y resolverse efectivamente en vibraciones que, a la vez lo relacionan consigo y lo ponen fuera de sí.” (Nancy, 2007: 29). 


Si resonar es performativo, escuchar es intraaccionar con el mundo. 


… no es solo oír, sino también afinar y desafinar, equilibrar y reequilibrar las formas y fuerzas mediante las cuales uno es configurado, así como participa en la configuración de otros. En otras palabras, la acústica influye profundamente en cómo los cuerpos pueden llegar a acceder a sus entornos físicos o institucionales, navegando por las situaciones y sistemas que ordenan quién puede aparecer y dónde. En este sentido, la acústica es siempre política. (LaBelle, 2019: 178-179)


Lo inaudible


Si el sonido es una relación, el silencio no es mera ausencia, sino apertura. Nancy escribe que “El silencio, en efecto, debe entenderse aquí no sólo como una privación, sino como una disposición de resonancia.” (Nancy, 2007: 45). El silencio se escucha cuando callamos.


El silencio, antropológicamente, es un mundo no narrativo de historias no contadas, pero existentes e importantes. Robert Weller escribe que el silencio “no es lo opuesto al habla, sino más bien el extremo lejano de un continuo de ininterpretabilidad que afecta a todo tipo de comunicación”. (Robert Weller en Dragojlovic & Samuels, 2021: 419). El silencio, no es entonces antónimo del lenguaje, sino una parte de él que también puede ser interpretada; es una metanarrativa que puede significar opresiones, reglas tácitas o incluso estrategias que mantienen un orden sociocultural de lo inefable y lo no dicho. 


En el silencio, se dan también lógicas afectivas que establecen los sentidos de la otredad. Al respecto, Berenice Vargas escribe que


La afectividad encarnada nos posibilita reconocer la cualidad silente, intensa y profunda con la que es sentida la diferencia y la alteridad, y de qué modo los sistemas de dominación y las lógicas opresivas son también y fundamentalmente lógicas afectivas: ordenan el lugar que les asignamos a los otros, les constituyen y les marcan a niveles profundos; a su vez que delinean y prefiguran los encuentros futuros de una forma silente. (Vargas, 2024: 178-179). 


En el aparente silencio de los afectos, aprehendemos (con hache) y construimos nuestras perspectivas del Otro. En el silencio, aprendemos a silenciar otros cuerpos, a cifrar su lenguaje y a dejar de escuchar. 


Lo inaudible, entonces, no es lo silencioso, sino lo no interpretable y, por ello, reprimido. “La represión funciona también como una sentencia para desaparecer, pero también como una injunción para silenciar, la afirmación de la no-existencia; y consecuentemente establece que de todo esto no hay nada que decir, ver, o saber.” (Spivak, 1998: 66), o escuchar, agregaría yo. Siguiendo a Spivak, si el individuo subalterno no puede hablar, es simplemente porque no puede ser escuchado. Su discurso no es silencio, pero sí es imposible de escuchar. Al respecto, Macherey escribe, “lo que la obra [o sujeto] no puede decir es lo importante, porque allí la elaboración de la expresión es realizada como una especie de jornada hacia el silencio.” (Macherey en Spivak, 1998: 43). 


¿Qué discursos son inaudibles? ¿Por qué? ¿Es escuchar realmente un acto político? Me vienen a la mente las palabras de Anzaldúa: 


Nuestro lenguaje, también, es inaudible. Hablamos en lenguas como las repudiadas y locas. Porque ojos de blancos no quieren conocernos, no se molestan por aprender nuestro lenguaje, el lenguaje que nos refleja a nosotras, a nuestra cultura, a nuestro espíritu. (Anzaldúa, 1980: 278)


Aquí no se trata del lenguaje como dispositivo letrado, sino como acontecimiento universal, como sonido genérico. No nos referimos a un idioma, sino al fenómeno acústico que representa resonar y escuchar (o no hacerlo). Como seres sintientes, nuestra atención debe ampliarse desde la narrativa hacia la resonancia que todos los sujetos encarnan. Todos resonamos, no solo al articular, sino al callar. Hay discursos que se dan en el silencio, entre pausas, gestos e imágenes. Pero también hay narrativas que se componen de ruidos inexplicables y gritos inentendibles. Entre el ruido genérico y el silencio, propongo buscar el discurso de la locura como metalenguaje que sale de las estructuras de articulación y escritura y se posa más allá de lo legible. 


Locuras acústicas


A lo largo de la historia, el discurso loco ha sido silenciado por los profesionales del poder psi, entendiendo el poder psi como un conjunto de dispositivos políticos que moldean subjetividades a partir de una noción de normatividad psíquica que excluye a quienes no caben en el canon de la salud mental. Este canon no solo es capacitista, en tanto juzga y jerarquiza a las personas según su capacidad de funcionalidad y normalidad, sino que se imbrica con otros sistemas de opresión como el clasismo, el racismo, el especismo y el heterosexismo. Por ejemplo, la psiquiatría y la psicología como ciencias, nacen de la matriz colonial de dominación para normalizar a las poblaciones colonizadas y corregir, encerrar, medicalizar y estigmatizar a personas, no solo neurodivergentes, sino racializadas negativamente, pobres, lgbt, y/o feminizadas. 


Ante este silenciamiento, lxs locxs usamos el espectro sonoro para externar nuestras resistencias a través de movimientos, luchas, silencios y mucho ruido también. Como mencioné anteriormente, la locura se vive en un continuum entre silenciar y resonar que trasciende el lenguaje articulado y, por ello, es ignorado o patologizado por los profesionales de lo psi. 


Cuando uno se encuentra bajo las garras del poder psi, estar callado se traduce en afecciones como la melancolía, la depresión o la ansiedad, pero hacer ruido se etiqueta como delirio, manía o esquizofrenia. La escucha de voces, por ejemplo, es un contrapunteo entre silencio exterior y resonancia interior. Es una vivencia fundamentalmente acústica, una locura de la escucha. Esto quiere decir que su resistencia puede pasar por fenómenos sonoros como la música. 


Locura musical 


Históricamente, la música ha sido una herramienta para externar la locura. Numerosos artistas hemos optado por el lenguaje sonoro para comunicar lo afectivo y lo psíquico. Ejemplos de ello son piezas como “Canción de la locura al borde del mar” de Charles Alkan, compositor y pianista francés del siglo XIX, y “All the Madmen”, de David Bowie, que hace una crítica a la construcción social y política de la locura y la cordura.  


Quiero aprovechar este espacio para compartir un breve análisis de una de mis propias rolitas, titulada “Bless Mental Dissidence”, en español, “Bendita sea la Disidencia Mental”, donde hago una analogía entre el poder religioso del catolicismo y el cuerdismo (el sistema de opresión que establece a la cordura como ideal normativo y a la locura como enfermedad o déficit). 


La inspiración para esta canción surge de la historia del poder sobre la locura que, antes de ser científico, fue religioso. Thomas Szazs, figura central del movimiento antipsiquiátrico, asegura que 


La moderna ideología psiquiátrica es una adaptación —para una era científica— de la ideología tradicional de la teología cristiana. En lugar de nacer pecador, el hombre nace enfermo. En lugar de ser la vida un valle de lágrimas, es un valle de enfermedades. Y así como en su trayectoria desde la cuna hasta la tumba el hombre era antes guiado por el sacerdote, ahora es guiado por el médico. En síntesis: mientras que en la Era de la Fe la ideología era cristiana, la tecnología era clerical y el experto era un sacerdote, en la Era de la Locura nos encontramos con que la ideología es médica, la tecnología es clínica y el experto es un psiquiatra. (Szasz, 1970: 8)


El primer verso de la canción describe a una persona que escucha sombras y puede ver voces, y que sostiene una verdad que el poder no quiere escuchar. Ella es consciente de que el dolor es todo lo que tiene para salir adelante y no quiere permitir que le arrebaten su mente, la causa de su supuesta enfermedad. El coro de la canción pretende representar la voz del poder religioso afirmando lo siguiente: “Si usted se confiesa, será redimida, salvada de ser depravada. Usted fue criada para ser rasurada, esclavizada y bien portada. Arrepentíos, lamentaos.” La parte final consiste en crear una imagen sacrílega de Nuestra Señora de los Dolores y la protagonista cortando sus venas entre sí, lo cual tiene consecuencias diferenciadas. La Virgen es martirizada, mientras que la protagonista es excomulgada. 


Bless Mental Dissidence es una de mis canciones favoritas en cuanto a contenido, debido a su aura sacro, su misticismo y su crítica hacia el poder tanto eclesiástico como psiquiátrico. Esta canción evidencia la potencia que tiene la música para construir críticas sociales y políticas profundas, sin necesidad de usar el lenguaje académico. Sin embargo, es difícil que estas críticas lleguen a oídos de los demás. ¿Cómo aprender a escuchar la locura? ¿Cómo hacer que la escucha trascienda el lenguaje hablado y articulado?


Antes de responder estas preguntas, hagamos un recuento de lo dicho hasta el momento. Hemos establecido que la sonoridad es materia viva e intraactiva, es decir, que se constituye en las relaciones de quienes la escuchan (o no). El sonido no es una cosa, sino un contacto, un contagio y un compartir. De esto se deriva una escucha ontológicamente política, donde el sujeto no existe previo al acto de escuchar, sino que se co-constituye, junto con lo acústico, al momento de escuchar y resonar, desde un lugar de enunciación específico. 


Por otro lado, hablamos del silencio como apertura a escuchar, más que como ausencia de significado o lenguaje, así como de los sentidos culturales que puede llegar a tener. El silencio puede significar más que las palabras, que a veces saben ocultar bien lo reprimido, lo difícil de decir, lo innombrable y lo tabú. 


Aprendimos también que en lo inaudible se dan disposiciones afectivas que moldean nuestra manera de escuchar y percibir al Otro. De ahí la importancia de ampliar la escucha como fenómeno encarnado, desde el oído, hasta la piel, pasando por cada escama del cuerpo, cual reptiles. De lo contrario, caemos en el riesgo de interpretar el silencio como un vacío y no como un símbolo más, como parte del continuum del lenguaje, que va desde el habla articulada hasta lo silente. 


Nuestra intención no es definir concretamente lo audible y lo inaudible, sino abrir un debate sobre qué puede y no puede ser escuchado y por qué. Es aquí donde entra la expresión de la locura como metalenguaje que desborda la articulación, pero que debemos aprender a escuchar de formas-otras. 


Hay discursos, como el de les loques, que han sido históricamente tercerizados, ventriloquizados, entendiendo la ventriloquía como un mecanismo de poder por medio del cual un sujeto desplaza a otro y habla por él, silenciándolo. Pero les loques no somos silentes. Resistimos en el espectro entre sonoridad y silencio, a veces callados, a veces gritando, siempre hablando un lenguaje que se distancia del poder psi y de los profesionales de la supuesta salud mental. 


En ese sentido, la música representa un arma, un dispositivo político por medio del cual resistimos al silenciamiento constante al que somos sometides. Y la música como fenómeno acústico que subvierte y suplanta al lenguaje articulado, puede nombrarse, tal como el discurso loco, metalenguaje, no en el sentido tradicional de la lingüística, sino como un lenguaje que remite al propio lenguaje, pero de forma amplia, descentralizada, desarticulada. La música como metalenguaje tiene la capacidad de queerizar el discurso y la escucha, entendiendo lo queer más allá de la identidad sexo-genérica. En su sentido amplio, lo queer representa un cuestionamiento radical de la identidad, los binarismos y la normalidad impuesta. Lo queer, nos dice Karen Barad, “es en sí mismo u organismo vivo y mutante, una apertura deseante radical, una provocadora multiplicidad proteica y diferenciadora, una dis/continuidad agencial, una espaciotemporalidad inventiva, abarcadora, materializadora, insistente y promiscua.” (Barad, 2023: 23). 


Escuchas-reptilianas


Retomo el concepto de LaBelle queer acoustics para proponer una apertura hacia escuchas-otras que sean capaces de desafiar la estructura y no solo escuchar, sino componer nuevas maneras de ser y estar en el mundo. Para LaBelle, 


La acústica queer puede plantear una interrupción en la forma tonal particular de un lugar, desviando la fidelidad para permitir otros flujos resonantes o constructos vibratorios, otras figuraciones de sonar y escuchar, que reconfiguren la manera en que uno se orienta; queerizar la acústica puede posibilitar la re-afinación de un horizonte sonoro, sorprendiendo nuestro mundo auditivo con lo raramente escuchado o con una reverberación completamente diferente. (LaBelle, 2019: 190-191)


Se trata de trascender el silencio y lo inaudible y lograr lo imposible: la escucha hacia el subalterno, hacia el gran Otro. Hay que imaginar(nos) reptiles, sensibles a cada vibración, hay que desterritorializar la escucha, sacarla del pabellón de la oreja y llevarla a cada escama de nuestro cuerpo. De ahí surge la propuesta de escuchas-reptilianas, al estilo de epistemologías-otras. 


Los reptiles son animales que no dependen de un pabellón auricular para escuchar. Su escucha se basa en sentir vibraciones con el cuerpo. Esto no los hace sordos, sino diferentes. Las vibraciones los hacen devenir sujetos sintientes en estrecha relación con su ambiente, ya que las ondas se transmiten a través de rocas, tierra y agua. Los reptiles encarnan nuestra definición de la escucha como fenómeno político y relacional. Sobre todo, los reptiles representan la queerización de lo acústico, al ampliar su percepción del sonido más allá del ruido, hacia vibraciones, choques y contagios. Ellos escuchan desde otros lugares y prácticas, sin estéticas acústicas predeterminadas, ni centros tonales. La banda sonora de su vida está exenta de esa teoría musical que pocos llegamos a comprender del todo. En síntesis, la escucha reptiliana es acústica queer. 


Ahora bien, propongo saltar de la acústica queer a la acústica cuir (c-u-i-r) y resonar desde la verdadera subalternidad, desde el mal llamado tercer mundo, desde la periferia. El término cuir (con c) surge de una revisión de lo queer y una crítica consecuente a las formas en que lo queer replicaba esquemas de dominación como el racismo y el clasismo. Lo queer, denunciaron les activistas del Sur Global, dejaba fuera las existencias de personas racializadas negativamente, pobres, de la periferia y perpetuaba el canon de blanquitud, a pesar de que sus sujetos transgredían las normas sexo-genéricas y de identidad. Por ello la importancia de ampliar el término queer hacia todo aquello que desafíe normas y binarismos occidentales, y adecuarlo a realidades, en nuestro caso, latinoamericanas, nombrándolo cuir con c. 


¿Cómo escuchar, entonces, la locura? ¿Cómo resonar dentro de ella? A través de la escucha reptiliana y la acústica cuir. Al descentrar nuestras formas de escuchar, al percibir ondas con el cuerpo entero, en vez de solo sonidos con el oído, estamos aprendiendo a escuchar de formas-otras. Al resonar fuera de tono, a destiempo, sin afinación, pero desde el cuerpo y el corazón, podemos lograr cuirizar lo acústico. 


Eso es la música. Eso es la locura. Todas esas vibraciones que quedan fuera de nuestro radar, aquellas voces internas que solo un loco puede oír, esos golpes a destiempo, las vocalizaciones microtonales, todas las re-afinaciones y desafinaciones que van marcando nuevos horizontes sonoros. Al final del día, ¿qué no es música? ¿Qué no es locura?


Les propongo no solo escuchar, sino resonar desde abajo. Hacer sonidos no articulados, sin teoría, sin esquemas musicales coloniales. Inventar nuevos metalenguajes o improvisar en los que ya existen: en el noise, el shoegaze, el punk, el jazz. Les invito a desafiar y desafinar lo melódico, abrazar lo discordante, y resonar… resonar desde el margen, porque aunque nuestro lenguaje sea inaudible, jamás tendrán nuestro silencio. 



Bibliografía 


Anzaldúa, Gloria (1980). Hablar en lenguas. Una carta a escritoras tercermundistas, Words in Our Pockets, 277-285.


Barad, Karen (2023). Cuestión de materia. Trans/Materia/Realidades y performatividad queer de la naturaleza. Holobionte. 


LaBelle, Brandon (2019). Acoustic Territories. Sound culture and everyday life. Bloomsbury. 


Nancy, Jean-Luc (2007). A la escucha. Amorrortu. 


Spivak, Gayatri (1998). ¿Puede hablar el sujeto subalterno? Revista Orbis Tertius, año III, no. 6, 189-235. 


Szasz, Thomas (1970). Ideología y enfermedad mental. Ensayos sobre la deshumanización psiquiátrica del hombre. Titivillus. 


Vargas, Berenice (2024). Afectividad encarnada: una estrategia situada para el estudio de las opresiones. Revista Ecúmene de Ciencias Sociales, 2 (8), 159-184. 



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