A(û)nimal/idad: espectros y potencias compartidas en un planeta hostil
- 29 may
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Berenice Vargas García
Este texto fue leído en voz alta durante mi participación en el Neurodiversity Is More Than... Symposium, organizado por Abs S. Ashley y Ombre Tarragnat, realizado el 4 de marzo de 2026 en modalidad online. El programa también contó con la participación de Ombre Tarragnat; Helen Edgar y David Gray-Hammond; Lucas Aloyse Fritz; Tasha Downs; Lloyd Meadhbh Houston; y Michael Lundblad. Fui la única participante mexicana, no-blanca, hispanoparlante del sur global.

Puntos de partida
La neurodiversidad es más que el norte global. Es más que lo “neuro” que le esencializa. Es más-que-humana. Es más que los estudios mainstream y más que las investigaciones que poco a poco van construyéndose como canon. Es más que las reflexiones pensadas, escritas y habladas en inglés. Por eso, hoy me pareció necesario escribir en español. No solo como un gesto decolonial sino también como un reconocimiento a mi genealogía, a mis relaciones y a mis vínculos. Porque sueño en español, escribo en español, le canto a mis gates en español, y en español le hablo a mis plantas, a los bichos, a mis ancestres y a la tierra.
La maraña de letras que sigue forma parte de una serie de reflexiones que he tenido como autista, antropóloga prieta, kuir, antiespecista y animal. Todo eso, desde luego, situado en medio de la Ciudad Monstruo (como algunes le llaman a la Ciudad de México).
Situarme
Situar desde dónde hablamos importa. No me refiero nada más al lugar social, geográfico o lingüístico. Hablo también de nuestra encarnación específica, de nuestra materialidad plena, que guarda un vínculo intraactivo con lo demás.
Como persona autista, antiespecista, kuir y disca del sur global, enunciarme explícitamente es una manera de interrumpir el régimen de autoridad, tomando la expresión de la filósofa brasileña Djamila Ribeiro. Sobre todo, en tanto el ideal normativo de la Antropología, espacio epistémico del que formo parte, dibuja la silueta de un hombre cis, heterosexual, blanco, corporalmente íntegro, cuerdo, hiperracional, “normal”. Me sitúo no por desplegar una política identitaria, esencialista y humana-demasiado-humana, narrativas del sujeto propias del capitalismo moderno-colonial. Más bien, me sitúo para nombrar mi condición animalizable y, con ello, reconocer sus potencias animales. Quisiera que al escucharme o leerme, recuerden eso. Concederle ese acento a mis palabras.
Para aliviarme el peso de ser la última en tomar la palabra (o el espacio), preferí espantarme un poco el tono académico y rígido, para invitarles a una reflexión más tentacular e indeterminada, casi como rumiaciones que murmuran en voz alta. Hacerles partícipes de la configuración viva de una figura a la que llamo “a(û)nimal”. Y que me vale lo mismo para teorizar, como para sobrevivir (con otres), en este planeta hostil, mientras seguimos aquí.
La cualidad relajada y “guanga” de lo que escribo aquí (hago un guiño a Grecia Guzmán y Andrea Alps) me permite prescindir de citaciones textuales y menciones obligadas; referencias de autoridad de las que a veces descreo (y que unes dirían que se debe a mi Trastorno Negativista Desafiante, pero que a mí se me antoja más como expresión de conciencia opositiva, como dice Chela Sandoval). Al mismo tiempo, re-quiero que no se olvide que todo el tiempo estoy pensando con otres: con mis gates (Rwanda, Fadwa, Bayo); con la Kori y la Khani; con Lumi; con mis vecines animales liminales; con Diana Vite, David Varela, Dawn Prince-Hughes, Martina Davidson, Anahí González, Karen Barad, Gloria Anzaldúa, Aph Ko & Syl Ko, Grecia Guzmán, andre elepé, Donna Haraway, Emma León, Sunaura Taylor, Octavia Butler, Ombre Tarragnat, María Lugones. Y otres más que se filtran discretes.
¿Más qué? Situando la discusión en los márgenes
La configuración viva de lo a(û)nimal me implica una alianza (in)sospechada entre las perspectivas críticas en neurodiversidad, los posthumanismos en clave del sur y los estudios críticos animales latinoamericanos. Pero esa figura es más que la suma de sus partes.
En contextos del sur global y especialmente dentro de antropología (que es desde donde hablo), el estudio de la neurodiversidad no ha tenido todavía legitimidad, menos un abordaje crítico. Por un lado, se nota la falta de perspectivas que desborden los reduccionismos biologicistas antropocéntricos (cerebrocentristas y neurocentristas). Y, por otro, que presten atención a las dimensiones del poder, con sus imposiciones, negociaciones y resistencias en contextos tan complejos como el latinoamericano con sus sures y nortes.
Pero principalmente, la neurodiversidad se considera un dominio de la medicina, la psiquiatría y la psicología que, además y puntualmente en México, es relativamente “nuevo” y desconocido, por lo que no se comprende bien qué es o cuáles son sus principios. Esto, pese a su acta de nacimiento colectiva (¡que no inventó Judy Singer!) fechada en la década de 1990, es decir, hace más de tres décadas. En este lado del mundo, la neurodiversidad suele presentarse en su forma lite, retórica, con la patologización intacta (contradiciendo las motivaciones de su mismo surgimiento). Es decir, en este lugar estamos en un momento donde la “neurodiversidad” (como paradigma y como movimiento) está llegando a ser. Por eso es un tanto difícil comenzar a plantear su devenir más-que.
Creo que esta precisión es importante porque, a diferencia de otras regiones, buena parte de la academia de ciencias sociales y humanidades en Latinoamérica es todavía escéptica a los estudios críticos de neurodiversidad. En México, por ejemplo, no existen líneas de investigación de ese campo. Algunas universidades incluso ponen en duda la pertinencia de las tesis de estudiantes con esa perspectiva, mucho más si provienen de la antropología social o cultural, de la lingüística, de la sociología, la etnohistoria o los estudios culturales. Está demasiado osificada en el dispositivo psi y sus modelos biomédicos hegemónicos, lo que le direcciona y le modela a su forma.
Lo que ocurre en términos académicos tiene su correlato en la escena pública, de las interacciones cotidianas, de las políticas públicas, de la opinión popular o de la “educación inclusiva”. Identificarse abiertamente como persona neurodivergente es entendible, más o menos, para las generaciones jóvenes, aunque tal identificación se comprenda homogeneizada, cliniquizada, diagnóstico-dependiente y cargue con los prejuicios capacitistas y cuerdistas de les otres. Aunque, ciertamente, no es tan estigmatizante como identificarse “loque” ni causa la conmiseración condescendiente que tiene el nombrarse “discapacitade”.
Por otro lado, los posthumanismos críticos comienzan a cobrar presencia en el ámbito académico mexicano y en Latinoamérica tenemos redes fuertes, con trabajos destacables, como los de le argentine Gabi Balcarce. Aunque no son una inflexión muy popular en antropología, tampoco es desconocida y cada día se presta atención a lo más-que-humano, es decir, al hecho re-sabido de que siempre hay algo más que humanos en la creación de mundos compartidos. Y que el Humano, como proyecto capitalista-moderno-colonial, puede agrietarse para dar un legítimo lugar a las criaturas simpoiéticas, raras, kuirs, relacionales que somos. Es un caso completamente diferente para el antiespecismo y los Estudios Críticos Animales, especialmente de Latinoamérica; un campo de teoría-práctica-ética que se interroga sobre la jerarquía humane/animal, que busca comprender y desmontar el especismo y sus engranajes de muerte. Sin lugar a dudas, hay un fuerte rechazo a este posicionamiento (que se malentiende como impositivo y opuesto al relativismo cultural) y parece que la historia particular de la antropología mexicana le hace casi imposible orientarse hacia ese enfoque (casi).
Los activismos antiespecistas existen en esta región, por su puesto. Lo mismo que los activismos ecofeministas, queer/cuir/kuir, trans*, discas, locos y neurodivergentes. Pero no siempre se alían. Y casi nunca tienen un correlato unificado en los trabajos escritos.
Por todo lo anterior, creo que puede entenderse en qué sentido a(û)nimal es una rareza, una cosa que desborda clasificaciones, que lisia lo académico, que kuiriza y cimarronea mi disciplina antropológica y mis propios posicionamientos. “Cimarrones” eran llamadas las personas africanas esclavizadas que huían del dominio del “amo”. Cimarrones también los animales otros-que-humanos que huían al monte y devenían “salvajes”. Cimarronas se llaman a las plantas y malezas que crecen fuera del dominio de una mano humana que las siembre. Cimarrona, de símaran, es la flecha que se escapa del dominio del arco y su cuerda. Como verbo, cimarronear es un acto de huida radical, de rechazar la captura, de re-hacerse a su modo, de imaginación política. Es una fuga. Una palabra-conjuro que comparte espíritu con lo kuir, que además reconoce una genealogía de colonización que es imposible de obviar desde donde hablo. Y es una palabra que evoca orgánicamente las potencialidades más-que-humanas del enredo semiótico-material-espiritual de las criaturas de la tierra.
Devenir A(û)nimal/idad
Una pregunta: ¿puede, lo a(û)nimal, fugarse de los esencialismos de la neurodiversidad? Según el rastreo de algunes activistas, el grupo en línea Âutistic Ûnion comenzó a usar los acentos circunflejos alrededor del 2012, como una señal de identificación afirmativa, no patologizada y neurovalidante. Esta señal podía ser usada por personas aliadas también, como una declaración pública de un posicionamiento alineado al movimiento de la neurodiversidad.
A partir de entonces, específicamente en Latinoamérica y más allá de la propuesta inicial de Âutistic Ûnion, algunas personas autistas agregan las letras âû en sus nombres de usuario o las páginas de sus grupos, colectivos y asociaciones. Un gesto que le indica a les demás un posicionamiento que reafirma al autismo como neurodivergencia. Pero también como una forma concreta de ser, estar, sentir y hacer mundo que no necesita ser curada ni corregida. Para algunas personas, además, el uso de estas letras hace visible un compromiso contra-capacitista. Y A(û)nimal, para mí, recoge precisamente este sentido actual, pero sin abrazar “narrativas de lo obvio”, como dijera Eduardo Restrepo.
A(û)nimal es una figura que juega con una intervención gráfica deliberada, que a veces se pronuncia en voz alta y a veces no. Se acomoda, se filtra, se expone. Requiere atajos en mi teclado para hallar los símbolos para escribirse.
La “A” esconde su acento circunflejo porque sabe que en este planeta hostil hay momentos donde tendremos que enmascarar, que compensar, y que desplegar un passing de “normalidad” (en mi encarnación hiperespecífica, además, es una A de triple espectro: autista, asexual, arromántica, ¿antropóloga? Mi primer nombre, que no uso, empieza y termina con A… “A” de exclamación, de grito, de gozo, de dolor).
La û se acomoda discreta, semioculta, resguardada como en una cálida guarida… (¿otro clóset?). A veces se enuncia, a veces no. Depende frente a quién esté, depende de la hostilidad del ambiente, de si hay disposiciones honestas a su escucha. Es un signo consciente de que situarse a veces nos sobredetermina ante les otres, quienes no podrán leernos más-que como encarnación del lugar desde donde nos enunciamos. Que el situarnos tiene un doble filo, que nos vulnera de formas indeseables, desiguales, no correspondidas. Por eso elige guarecerse mientras haya peligro.
A(û)nimal. Una palabra para abrazar mi propia animalidad, para no hacerme olvidar la violencia especista-capacitista que atraviesa a otros mentescuerpos como el mío. Para recordar activamente, como dicen Iván Ávila y Anahí González, que animal es quien posee ánima y soplo vital; una grieta en el ideal normativo de lo humano. Un lugar estratégico de encuentro político y de fragilidad compartida. Y traigo de vuelta a Anahí González y sus Insurreciones animales:
“Afirmar esa animalidad que ha sido históricamente subyugada, explotada, homogeneizada e incluso invisibilizada, quizás permita desandar los caminos del antropocentrismo y resistir a la desvitalización que provoca la normalidad tejida por el mundo moderno-colonial. Se trata de asumir una vulnerabilidad común que no nos asimile al orden dominante, sino que nos de herramientas para destruirlo”.
A(û)nimal. Una intervención textual (visual y sonora, ¿cómo se sienten los acentos circunflejos?) para no olvidar que, como lo disca, lo autista encarna una condición de vida frágil y no deseable por el sistema, que tiene potencia para cuestionar, resistir e incomodar los ideales de normalidad, como insisten Diana Vite y Víctor Gutiérrez. Que no busca asimilarse al orden dominante. Que tampoco quiere definirse, pese a mis intentos definidores.
Así, a esta figura también la pienso como un devenir. A(û)nimal/idad: algo indeterminado que no tiene un esencialismo ontológico, sino que se hace en sus relaciones. Espíritu de moho mucilaginoso. De criatura nebulosa y disidente, que afecta y se afecta. Que, tomando palabras de Martina Davidson y Anahí González, baila una coreografía de la desobediencia.
No hace falta hacer un repaso de la larga historia de agravio y violencia que ha flagelado a las existencias acusadas de “animales”: personas racializadas negativamente, feminizadas, cuir, trans*, locas, discas, empobrecidas, animales-otres y un doloroso etcétera. Lo cierto es que todas y cada una fueron designadas como la contracara de lo plenamente humano.
Todas y cada una, a su manera y de formas muy específicas, se fabricaron como vidas desnudas, desechables, engranajes de esta máquina violenta.
Es por eso que al hablar de “a(û)nimalidad” como devenir, me permite imbricar el especismo-capacitismo desde un enfoque antiespecista y posthumano. Tal como la comprendo, devenir "a(û)nimal" implica el reconocimiento de una vulnerabilidad compartida con otros animales y de nuestra interdependencia constitutiva con los seres del mundo, así como de nuestra potencia en medio de un planeta hostil que nos llama a corresponder forjando alianzas, conmoviéndonos (como una afectación que moviliza políticamente). Pero siempre recordando, con Marta Plaza, que aunque cualquiera puede reivindicar (a veces romántica e idealizadamente) la vulnerabilidad, hay una distribución desigual del daño y del dolor. Que les más vulnerables suelen ser quienes menos pueden escribir sobre la vulnerabilidad. Y aquí me devuelvo a mis compañeres animales de la tierra, de las aguas y los vientos: mi reivindicación como animal no me coloca en el mismo espacio de vulnerabilidad que a elles. Mi vida no se dispone en zoológicos, circos, bioterios, carnicerías, laboratorios ni cocinas. Por eso, la a(û)nimalidad también deviene en práctica a(û)nimalista.
A(û)nimal/idad es más que...
A(û)nimalidad es más que la suma de animalidad y autismo. Es más que un rechazo al antropocentrismo especista de la neurodiversidad como movimiento y como paradigma. Es más que un señalamiento de que las personas autistas somos animalizadas (algunas más que otras).
Lo que busco es fundirlas. Preguntarnos de la forma más radical posible porqué a les autistas nos fabularon como desconectades del mundo y en qué medida eso llega a frenar nuestras potencias de actuar, de resistir y de movilizarnos. En qué medida esa injuria de supuesta desconexión nos duele y nos mutila, discursivamente, los lazos con otros seres de este mundo. Preguntarnos de la forma más radical posible sobre el daño que la patologización del autismo le hace a otres animales, usades en laboratorios, sometides a tortura y vivisección para “hallar una cura” para nuestra forma legítima de estar en el mundo. Preguntarnos de la forma más radical posible, cómo el especismo incardinado nos presenta como “cuidado” la explotación de otres animales, a quienes se usa como terapia, apoyo y contención, sin su consentimiento.
Preguntarnos, de una forma profunda y dolorosamente honesta, cómo la neurodiversidad mainstream ha contribuido a reforzar la dicotomía humano/animal (sin sistema nervioso, además) y la excepcionalidad de lo humano (¿no acaso supone la diversidad de mentes y funcionamientos neurocognitivos, pero exclusivamente entre les humanes?). Cómo la neurodivergencia ha sido torcida para usarse como justificación de comportamientos especistas, como si fuera una cualidad que nos vuelve impermeables a los disciplinamientos y subjetivaciones estructurales. Como si el “Nada de nosotres sin nosotres” no tuviera, a veces, un tufo a soberanía humana-demasiado-humana (¿podemos ser nosotres sin les otres compañeres del mundo?). Como dice Anahí González: hay que vomitar el privilegio humano incardinado. Vomitarlo, como el gesto de un sistema inmunológico animal que reacciona ante algo potencialmente dañino. Vomitarlo como una forma de purgarnos. De sentir en las vísceras las renuncia a un ideal del que, sabemos, siempre hemos sido excluides.
Hablar de a(û)nimal/idad nos ayuda, como también imagina Ombre Tarragnat, a reconocer nuestro privilegio de especie y las deudas que tenemos con los dolores del mundo. Y es que, si algunas personas autistas coinciden en experimentar eso que se llama “hiperempatía” (no como superioridad moral, sino como el don/maldición de “compartir” una experiencia expandida, como la Lauren Olamina de Octavia Butler) y si, como dicen Anna Tsing y sus colegas, sentir las heridas de les otres es la condición de este planeta adolorido, ¿no es acaso urgente responder? No como una carga de autocomplacencia moral, ni como una seña de heroísmo de hombre de Vitruvio. Sino porque estamos juntes en esto. Porque no volteamos hacia otro lado. Y eso también nos duele. A(û)nimal/idad como condición de fragilidad temblorosa, titubeante, que no lo aguanta todo, que se rompe, que no cree en la resiliencia, que se enrabia, que se echa junto a otres para reponer el malestar en comunidad.
(Mientras estamos aquí)
Quisiera cerrar con un fragmento del Manifiesto Ahumano de Patricia Maccormack que, pienso, condensa la intencionalidad situada de este escrito, su corazón político y epistémico, y su incomodidad en nuestro presente hostil.
Un llamado a renunciar al privilegio humano,
A cesar la reproducción de nuestra especie,
A desplegar formas experimentales de expresión
Más allá del cerco antropocéntrico
De la representación y el reconocimiento.
Un llamado a cuidar a este mundo,
En este tiempo,
Hasta que nos hayamos ido.
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