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Christiana Morgan: visiones expropiadas por la psicología masculina

Christiana Morgan y sus visiones ejemplifican muy bien el poder del diván y de la psicología-academia masculina para opacar y “velar” el gran potencial creativo e intelectual de las mujeres de finales del siglo XIX. Ejemplifica el “fuera de campo” de la psicología profunda y el gran sufrimiento que podían provocar “los grandes hombres”, pese a sus “grandes teorías”, cuando no se revisaban sus prejuicios y privilegios patriarcales (dentro y fuera de su consulta). Pero también queremos visibilizar la vida y trabajo de Morgan en su contexto.


Margaret Rossiter describió cómo la mujer científica había sido definida como una “contradicción en sus propios términos”: como mujer, era poco científica; como científica, era poco mujer. Así lo debió concebir Carl Jung cuando aconsejaba a Christiana Morgan ser “menos intelectual y más femenina”. La historia de la ciencia está llena de mentes masculinas que conocen cuerpos/naturalezas femeninas, y cuando las mujeres se atrevían a reivindicar su posición de sujeto de conocimiento, se las colocaba de nuevo como objetos “desviados”. Mujer intelectual y locura parecían ir de la mano, tanto por “desviación de género” como por el crujido de no ser reconocidas.


Christiana Morgan (el apellido es el de casada, nacida como Christiana Drummond Councilman) nació a finales de siglo XIX en Boston (en 1897). Si bien perteneció a una familia de clase alta, fue educada con “las limitaciones de su sexo” en aquella época. Su padre, William Councilman, profesor de medicina en la Universidad de Harvard, desalentó que tuviera una educación superior; casarse con un “chico de Harvard” parecía suficiente. Christiana fue una adolescente con un exquisito intelecto y sedienta de educación, pero fue enviada a una “escuela de chicas” y luego a un internado en Boston, donde no tomaría ningún curso de estudio riguroso.


Ya mayor de edad, conoció a William Morgan con quien se casó y tuvo un hijo. Un joven que pronto tuvo que partir para luchar en la Primera Guerra Mundial, mientras ella ejerció como auxiliar de enfermería durante la pandemia de gripe de 1918. En su adolescencia, Christiana pasó por varias depresiones y, como a tantas mujeres de la época, se le recomendó reposo, descanso y alejamiento de la vida intelectual. Su respuesta fue la contraria: se formó autodidacta en psicología, psicoanálisis, literatura y todo lo que le llevase a comprender su mente (incluida su conexión con sueños y visiones).


En Translate This Darkness: The Life of Christiana Morgan, the Veiled Woman in Jung’s Circle Claire Douglas, psicóloga analítica junguiana, intentó “traducir la oscuridad” de Christiana Morgan “en sus propios términos”. Tarea difícil cuando parecía irremediable la necesidad de añadir en el título del mismo libro la frase “la mujer velada en el círculo de Jung”. Incapaz de desligarse del destino que el propio Jung le adjudicó como mujer: femme inspiratrice, un sí-mismo como ser para otro. A pesar de ello, y a diferencia de la biografía del psicólogo Henry Murray (escrita por Forrest Robinson, Love’s Story Told: A Life of Henry A. Murray, donde Christiana aparece más bien como una amenaza distractora en la carrera de Murray) o de la propia novela de Jorge Volpi La tejedora de sombras (que bebe de las dos biografías -la de Murray y la de Morgan-), Douglas hace justicia a la inteligencia, trabajo y creatividad de Morgan, y relata con sensibilidad la complejidad de su vida, incluida la relación con Murray (a partir de escritos privados, diarios y cartas de la propia Morgan).

Primera edición de la biografía de Christiana Morgan escrita por Claire Douglas en 1993 y novela de Jorge Volpi sobre la relación Morgan-Murray.

Con los años, Christiana Morgan se fue forjando como artista, escritora y psicoanalista. Sus dos grandes aportaciones a la psicología de la personalidad y clínica aparecen “veladas”: una, como principal autora del Test de Apercepción Temática (comúnmente llamado “el TAT de Murray”); la otra, la producción de una serie de dibujos y escritos, fruto de sus visiones, que formaron parte del material de Jung para su “Vision Seminars”. Si se buscan sus trabajos publicados, nos encontramos con una reseña en el New York Herald Tribune del libro What to do with Visions: The inner world of a man de su amiga y analista Frances Wickes. Y gracias a la biografía escrita por Douglas, sabemos que reseñó también Tres guineas de Virginia Woolf. Así mismo se pueden encontrar dos capítulos de libros y artículos de revistas sobre estos temas.


Del breve trabajo publicado, sabemos que sus intereses se centraron en la personalidad, la creatividad, la estética y el sentimiento, desde una perspectiva humanista y junguiana. Tanto su contribución a la mejora del TAT como su implicación en la Clínica Psicológica de Harvard (lo que incluía supervisiones, participación directa en investigaciones, publicaciones, etc.) apenas han sido reconocidas; tampoco su pensamiento sobre la creatividad y la fantasía, ni sus estudios sobre la aplicación de los preceptos analíticos y jungianos a la práctica clínica y la investigación. No obstante, resulta difícil entender su importancia para la psicología en general, si se desconoce su vida y relaciones con personajes clave en la psicología y filosofía de la época como Carl Jung, Henry Murray o Alfred Whitehead. También si se desconoce cómo en su vida lo intelectual, lo estético, lo espiritual, lo sexual, lo afectivo y relacional estuvieron profundamente entreverados.


“Tu función es crear a un hombre”


En 1925 Christiana Morgan conoce a Henry Murray (Harry) y comienzan una intensa relación paralela a sus respectivos matrimonios. Por su propio pasado con crisis (donde el conflicto entre aspiraciones/restricciones como mujer no le ayudaba precisamente) y por las consecuencias de una relación no convencional, Christiana viaja a Suiza y visita a Carl Jung; fascinada también por sus lecturas y la estimulación intelectual que le produce y que comparte con Murray (a ambos también les unía la obra del escritor Herman Melville).


Jung estaba intrigado y fascinado con la capacidad de Morgan para adentrarse en el mundo imaginario, su fácil acceso al “reino ctónico” (esa “terrenalidad apasionada”) o por “la cara espiritual de su sexualidad” (Douglas, 1998, p.150). Pero, como ha señalado Virginia Apperson (2021), la torpeza sexista de Jung -su incapacidad para aceptar la autonomía de las mujeres y sus propias proyecciones, dada su relación con Toni Wolff en ese momento- le llevaron a animar a Morgan a canalizar sus talentos hacia su amante, Henry Murray, para convertirse en su musa inspiradora. “La lente masculina anti terapéutica de Jung solo podía ver a las mujeres satisfaciéndose a sí mismas a través de la satisfacción de las necesidades de los hombres” (Douglas, 1998, p.150). En lugar de ayudar a Morgan a recuperar su voz, la actitud de Jung sirvió para silenciarla.


Jung da “su bendición” a su relación con Murray (lo cual alivia a Morgan), pero viene con instrucciones. Tal como se recoge en sus diarios, Christiana recibe estas palabras en un contexto terapéutico de su admirado “Viejo” (como le llamaba):


“Todos tenemos que hacer algo colectivo—crear algo por el mundo. Si una mujer tiene un hijo, está haciendo algo colectivo para la próxima generación. Si creas a Murray ahora, lo conviertes en un hombre completo, y entonces estás haciendo algo por esta generación” (en Douglas, 1998, p.150).


“Eres una mujer pionera. Tu función es crear un hombre. Algunas mujeres crean niños, pero es más grande crear a un hombre (…) Es lo que, como mujer, deberías hacer. Convertirte en una femme inspiratrice (….) Tienes tu ideal de él. Debes hacer que esté a la altura -porque has tenido la visión de lo que podría ser” (en Douglas, 1998, p. 151).


Lejos de guiar y estimular la capacidad intelectual y creativa de Morgan, le aconseja que sacrifique su individuación al servicio de la carrera profesional de Murray. Una vez más, una mujer brillante es opacada por los hombres a su alrededor: que la admiran y la adoran (hasta encargan la construcción de esculturas de su cuerpo desnudo, como hizo Murray); eso sí, siempre y cuando sirva a sus necesidades narcisistas. Douglas lo describe así:


“Una seductora combinación de vitalidad, encanto, pensamiento intuitivo rápido, un profundo interés en el mundo de las ideas y una capacidad para emocionar e inspirar a los hombres en sus vidas. Estas mujeres manifestaron una creatividad problemática, que penetraba en el inconsciente y exploraba sus dominios a una profundidad que fascinó tanto a Freud como a Jung. Las mujeres pudieron tender puentes entre sus propias energías creativas y la creatividad a veces latente en sus analistas. Sin embargo, en lugar de cultivar esta creatividad para su propio beneficio, se las animó a proyectarla en una serie de hombres numinosos y a subordinar sus propios talentos para hacer avanzar el trabajo de los hombres. Cada una invirtió su talento y energía en la carrera de un analista masculino que la tomó como compañera. Recientemente, algunas de estas mujeres (Lou Andreas-Salome, Anais Nin, Ruth Mack Brunswick, Beata (Tola) Rank, Toni Wolff, Sabina Spielrein y Christiana Morgan) han encontrado cierto grado de reconocimiento, pero todas carecen de un análisis comprensivo y empático de su lucha como mujeres creadoras en el centro de sus propias historias” (Douglas, 1998, p. 12-13).


Muchas de ellas fueron analizadas por los grandes hombres, inspiradoras o amantes, para luego ser devaluadas y rechazadas, cuando dejaron de interesarles. Como mujeres, no eran consideradas rivales. Sirvieron como “pacientes, estudiantes y ayudantes”, pero casi nunca tomadas en serio por derecho propio (independientemente de los hombres); fueron útiles, pero ninguna recibió el empujón que confiere ser “un hijo favorito del padre” (Douglas, 1989).


Christiana Morgan se encontró con una teoría psicoanalítica que enfatiza la individualidad y la totalidad, pero con el subtexto de que una mujer "sana" y "normal" equivalía a ser la mitad de lo posible (sentimiento, pasividad, relacional). Aunque la tipología de Jung no tenía a priori “género”, su prejuicio incuestionado equiparaba el pensamiento con la masculinidad y el sentimiento con la feminidad, ambos excluyentes, e inferiores si se daban en el sexo "equivocado". Jung no se cansó de decir que Morgan era “del tipo pensante” (amaba las ideas, y se relacionaba con los hombres a través de ellas), pero su forma de pensar (“opinar” según él) no encajaba con el pensamiento masculino (como mujer, siempre iba a ser inferior a su función emocional). Para Jung, Morgan encarna algo que “le es ajeno” (el ‘hombre fuerte’ inconsciente en ella), no encaja en su teoría y es castigada por ello (Douglas, 1989). A partir de sus visiones, Jung comenta esto a sus estudiantes:


"Hay algo parecido a una bruja en el mundo consciente de la paciente. Se podría decir que una bruja se parece a una mujer intelectual. Por supuesto, ella no es realmente intelectual, es la sabiduría de la naturaleza hablando a través de ella, no la suya propia" (en Douglas, 1989, p.18).


En un primer momento, Jung permitió y alentó a Morgan a sumergirse en las ricas profundidades de su inconsciente, apoyó con entusiasmo su imaginación activa (“su energía de dragón”, su conexión con antiguas religiones matriarcales). De sus primeros encuentros, Morgan se sintió fortalecida por poder hablar de sus sueños, dar rienda suelta a sus visiones diurnas (que tenía desde pequeña) y “pisar las aguas del inconsciente". Jung le propuso que escribiera y dibujara sus visiones y fantasías, lo que le ponía en trance cada día, “al filo de la navaja” (como le dijo Jung) entre lo consciente e inconsciente. Cuando Christiana le enseñó su manuscrito, a Jung le pareció magnífico: le dijo que contenía "material para los próximos doscientos o trescientos años. Es un gran document humaine. Es la precipitación de todo lo que hasta ahora ha sido inconsciente" (en Douglas, 1998, p.161). No solo eso, Jung le pidió permiso para quedarse con el cuaderno y poder utilizar sus visiones en sus seminarios, e incluso, escribir un libro sobre ellas. Reconocida y emocionada, Christiana se lo entregó.


Las Visiones de Christiana fascinan y amenazan a Jung


Los “Visions Seminars” en los que Jung presentó las visiones y pinturas de Christiana Morgan, como “estudio de caso” y de forma anónima, tuvieron lugar entre 1930 y 1934. El material cedido consistía en tres volúmenes o cuadernos, con más de 100 visiones ricamente ilustradas, con notas escritas a mano y a los que Morgan se refirió como sus “Diarios analíticos”. Fueron escritos durante y después de su análisis con Jung -que terminó en 1926-, producto de la técnica terapéutica “la imaginación activa”. El proceso era muy parecido al que Jung registró en los Libros Negros -con visiones que se publicarían en El Libro Rojo (2009)-, solo que aquí pertenecían a una mujer y aparecían como “objeto de estudio” interpretado por el filtro jungiano (Douglas, 1989; Melker, 2015).



En esos cuatro años, Jung utilizó una selección de las visiones de Morgan (44 en concreto) para ejemplificar su teoría y mostrar su método interpretativo de amplificación a unos pocos elegidos. En concreto, usó las visiones para enseñar la manifestación creativa del inconsciente y para demostrar cómo el análisis aprovecha el poder curativo del contenido simbólico arquetípico (Douglas, 1989). En los Seminarios, Jung enfatizó que las visiones marcaban el retorno a la conciencia de lo que él llamó el principio yin: lo femenino ctónico, lo erótico oscuro y terrenal, la reverencia por la tierra y el cuerpo. Morgan recoge en sus diarios cómo Jung le expresó su entusiasmo:


“En nuestra época el espíritu se expresa en la sexualidad. El intelecto ha destruido absolutamente la espiritualidad por su materialismo y tenemos que encontrar nuestro espíritu en la sexualidad. Esa es nuestra era. Freud entendió esto gracias a su gran intuición. Pero hizo de la sexualidad un dios. Intelectualizó y materializó esta intuición. Tú te acercas a la sexualidad como una puerta al espíritu más que como algo absoluto” (Morgan 1926, en Melker, 2015, p.20).


Jung reconoció la poderosa imaginería que las visiones recogían del inconsciente colectivo (imágenes de la diosa y de la madre), pero también tenía otros sentimientos, solo revelados en las notas que Christiana Morgan tomó en sus sesiones. Su entusiasmo se topó con las limitaciones del propio Jung, su prejuicio patriarcal y su “complejo de anima”. Jung empezó a ver a Morgan como mujer, y a darse cuenta de lo que implicaba el poder de esas inesperadas visiones en una mujer, y le dio miedo; miedo y celos de su relación y de sus trances (Douglas, 1998).


Para los psicoanalistas, Freud y Jung en particular, el enigma femenino se había convertido en objeto de interés científico (“¿qué quiere una mujer”?); las mujeres que se adentraron en la comunidad psicoanalítica aprendieron el punto de vista masculino de sus teorías, pero tenían su propia experiencia también. Jung abordó “el problema de la psicología de la mujer” construyendo teorías dualistas, definiendo a las mujeres en términos de su relación con los hombres o como sus polos opuestos. Pero ambas ideas no dejaban de ser prejuicios inconscientes no reconocidos de la época (Douglas, 1989).


Ilona Melker (2015) se pregunta si no fue el “miedo inconsciente” de Jung (ante el estallido de lo femenino terrenal, erótico y ardiente) lo que explicaría tanto la eliminación de las visiones del Volumen II del Seminario como su final abrupto y desagradecido -mostrando explícitamente su desilusión, aburrimiento y rechazo hacia las mismas visiones que tanto le habían inspirado. En la despedida, Jung desmerece las visiones, diciendo que el “caso es muy complicado” y que “la paciente” decidió terminar el análisis y su proceso de individuación; además, existía un problema de confidencialidad (finalmente, todos en el curso sabían quién era “la dama de las visiones”, Morgan se dio cuenta y le pidió que dejara de utilizarlas).


“¿Se estaba aventurando Christiana Morgan en un territorio más allá del alcance de Jung, en un lugar donde Jung no pudo o no quiso acompañarla?” (Melker, 2015, p.15). ¿La potencia de la Diosa en la mujer era demasiado amenazante para los padres, amenazados por su poder, tanto intelectual como visionario? (Melker, 2015, p.16). Por un lado, Jung usó el material de Christiana para fundamentar su teoría del inconsciente colectivo y los arquetipos, pero por otro, la acusó de inflación e identificación con figuras divinas. Al no ser mujer, Jung no podía sentir el poder del regreso y la reactivación de la Diosa. Fuera por eso, o por sus propios celos por la relación de Christiana con Murray (Douglas, 1998), Jung abandonó el Seminario y su interés por Morgan.


 Visiones de Christiana Morgan (1926). “Las aguas se partieron y de ellas surgió una mujer coronada de luz” (izquierda). “Soy Dios y el Diablo. Soy hombre y mujer. Soy amor y odio” (centro) “Sé que me había convertido en un árbol y levanté mi rostro hacia el sol” (derecha)  (1997 Princeton University Press.)
Visiones de Christiana Morgan (1926). “Las aguas se partieron y de ellas surgió una mujer coronada de luz” (izquierda). “Soy Dios y el Diablo. Soy hombre y mujer. Soy amor y odio” (centro) “Sé que me había convertido en un árbol y levanté mi rostro hacia el sol” (derecha) (1997 Princeton University Press.)

Así, si en un primer momento apreció su rápida habilidad para producir visiones y su profundidad (como un conducto para el surgimiento del arquetipo femenino), luego se desmarcó de ellas. Lejos de animarla, cuando las poderosas imágenes femeninas oscuras surgieron durante el verano y el otoño de 1926, le sugirió que tuviera otro hijo, que fuera una mujer de verdad, buena esposa y una función sentimental para su amante demasiado intelectual (Douglas, 1998; Melker, 2015). Jung fue muy ambivalente hacia Morgan y sus visiones. A veces sugería una salida intelectual (que se formara en mitología), otras que asumiera roles femeninos tradicionales: “Debes volverte más mujer. Mientras tengas conciencia con estos hombres, eres intelectual y entonces solo eres mente” (en Melker, 2015, p.23). Christiana Morgan dejó el análisis con Jung en octubre de 1926, tras una crítica a sus visiones: “Tengo la sensación de que este puede ser el verdadero despertar de la conciencia de la mujer. Me hace sentir terriblemente sola” (en Melker, 2015, p.23).


Claire Douglas (1998), apelando a Moby Dick de Melville, interpreta así el abandono de Jung: la anhelada ballena se convirtió en un monstruo amenazante que debía ser conquistado y arponeado. Como dirían los psicoanalistas, Morgan sufrió los puntos de ignorancia “contratransferenciales” de Jung por no revisarse su privilegio de hombre.


“A medida que Jung apoyaba y fomentaba sus visiones, su contratransferencia crecía. Sabía que ella estaba pasando por un proceso similar al suyo, pero ahora se dio cuenta de que lo estaba haciendo de una forma apasionada femenina. Era como si estuviera viendo un mundo alternativo lleno de imágenes dinámicas que lo excitaban y repelían a la vez; lo habían atrapado entre la atracción erótica por su descubridora y la necesidad de descartar su poder” (Douglas, 1998, p. 161).


Morgan necesitaba reforzar su fuerte conexión con el “femenino ctónico” y su potencial; Jung, en cambio, comenzó a atacar el mismo poder que lo atraía y a restringir su flujo de imágenes. Utilizó el mismo “modus operandi” que utilizara con Hélène Preiswerk, Sabina Spielrein o Toni Wolff; ese “método peligroso” y extractivista: apropiarse del conocimiento de una mujer, alabándolo en un primer momento desde su figura de autoridad, para luego -una vez explotado- desmerecer su trabajo y su persona (seducción o relación sexual mediante). Método que encontró en Henry Murray a su seguidor: un “contrato sexual” entre psicólogos.


Así, si en un primer momento apreció su rápida habilidad para producir visiones y su profundidad (como un conducto para el surgimiento del arquetipo femenino), luego se desmarcó de ellas. Lejos de animarla, cuando las poderosas imágenes femeninas oscuras surgieron durante el verano y el otoño de 1926, le sugirió que tuviera otro hijo, que fuera una mujer de verdad, buena esposa y una función sentimental para su amante demasiado intelectual (Douglas, 1998; Melker, 2015). Jung fue muy ambivalente hacia Morgan y sus visiones. A veces sugería una salida intelectual (que se formara en mitología), otras que asumiera roles femeninos tradicionales: “Debes volverte más mujer. Mientras tengas conciencia con estos hombres, eres intelectual y entonces solo eres mente” (en Melker, 2015, p.23). Christiana Morgan dejó el análisis con Jung en octubre de 1926, tras una crítica a sus visiones: “Tengo la sensación de que este puede ser el verdadero despertar de la conciencia de la mujer. Me hace sentir terriblemente sola” (en Melker, 2015, p.23).


Claire Douglas (1998), apelando a Moby Dick de Melville, interpreta así el abandono de Jung: la anhelada ballena se convirtió en un monstruo amenazante que debía ser conquistado y arponeado. Como dirían los psicoanalistas, Morgan sufrió los puntos de ignorancia “contratransferenciales” de Jung por no revisarse su privilegio de hombre.


“A medida que Jung apoyaba y fomentaba sus visiones, su contratransferencia crecía. Sabía que ella estaba pasando por un proceso similar al suyo, pero ahora se dio cuenta de que lo estaba haciendo de una forma apasionada femenina. Era como si estuviera viendo un mundo alternativo lleno de imágenes dinámicas que lo excitaban y repelían a la vez; lo habían atrapado entre la atracción erótica por su descubridora y la necesidad de descartar su poder” (Douglas, 1998, p. 161).


Morgan necesitaba reforzar su fuerte conexión con el “femenino ctónico” y su potencial; Jung, en cambio, comenzó a atacar el mismo poder que lo atraía y a restringir su flujo de imágenes. Utilizó el mismo “modus operandi” que utilizara con Hélène Preiswerk, Sabina Spielrein o Toni Wolff; ese “método peligroso” y extractivista: apropiarse del conocimiento de una mujer, alabándolo en un primer momento desde su figura de autoridad, para luego -una vez explotado- desmerecer su trabajo y su persona (seducción o relación sexual mediante). Método que encontró en Henry Murray a su seguidor: un “contrato sexual” entre psicólogos.


Murray toma el relevo de Jung: Un “trance épico” de 40 años que solo le beneficia a él


El rol de Jung en la relación Morgan-Murray, y el papel adjudicado a ella como figura anima e inspiratrice de él, se entiende en la medida en que sus teorías se convirtieron en el marco para comprender lo que les estaba ocurriendo. Morgan comprendió de Jung la necesidad de sintetizar cuerpo y alma, sentimiento y pensamiento, sexualidad y espíritu. Su deseo era hacer ese viaje junto a Harry siguiendo a Melville, sin miedo a sumergirse en la oscuridad y el caos. Harry, aunque fascinado, estaba también preocupado por proteger su carrera de la distracción y el escándalo (Robinson, 1992). Para Douglas, la preocupación social de Harry también enmascaraba su competición con la vida interna de Christiana, él mismo define la atracción entre ellos como “dos torbellinos” en una relación de poder “por el dominio y la centralidad” (Douglas, 1998, p.188).


Henry Murray también visitó a Jung; éste le habló de la importancia del anima encarnada en una mujer particular, de hecho, le puso su relación con Toni Wolff como modelo. Morgan (tras esa visita) temió que Harry la tratase más como una idea imaginaria que como una mujer física. Las intensas visiones de Christiana, que cautivaron a Jung, llevaron a una explosión de pasión en Harry: “los trances fertilizaron su amor”, eran su lenguaje y expresión (Douglas, 1998, p.162). Para Harry, las visiones de Christiana encarnaban el inconsciente y su fascinación por Melville, la fuente de su trabajo intelectual. Estaba enganchado a los recursos internos de Morgan o que emanaban de los momentos que habían creado juntos. “Nuestro propósito es la creación de un trance épico” (Murray, en Robinson, 1992, p.169).


Un “trance” de doble vida que vivieron con altibajos durante 40 años y de forma diferente. Por un lado, Henry Murray, con los miedos de un escándalo por adulterio en Harvard (lo que no le impidió tener otras relaciones extra maritales) y de perder su estatus profesional (y la seguridad que implicaba su matrimonio con la adinerada Josephine Rantoul). Por su parte, Christiana Morgan, mucho más franca con su marido y amantes (no podía con la hipocresía) y sin temor a perderse en sus sentimientos (en su atracción hacia hombres idealizados -no solo Murray-). En su forma de relacionarse, él priorizó la doble moral y su carrera (lo que le llevó al prestigio); ella la honestidad y el entregarse, lo que le llevo a la soledad y desesperación (y a vivirse el suicidio de un joven enamorado). Eran dos personas casadas, luchando frente a su atracción mutua -al menos al principio- y frente a los convencionalismos, y un vínculo que potenciaba -de forma muy desigual- su creatividad.


En 1927, ambos son compañeros de trabajo de la Clínica Psicológica de Harvard y amantes en un departamento clandestino cercano (el cual, como su relación, no era más que un secreto a voces). Para Robinson (1992), biógrafo de Murray, “él trabajaba; ella esperaba”; “ella sufría, él exploraba”; ella enamorada de su idea como inspiratrice de él, él enamorado del inconsciente de ella. En cambio, para Douglas (1998), biógrafa de Morgan, la contribución de Christiana Morgan a la clínica fue fundamental en esos años, si bien totalmente borrada. Ejemplo de ello fue el Test de Apercepción Temática: si en su primera versión, Morgan aparece como primera autora (1935), en la versión posterior de 1943 su nombre es eliminado, llevándose todo el crédito Murray -y un genérico “staff de la Clínica Psicológica de Harvard”. Tanto el papel central de Morgan en la identificación de imágenes como su contribución artística se pierden con el tiempo. Problemas de salud y la falta de un título oficial fueron aducidos como motivos para quitar su nombre. Ella ni siquiera lo reclamó (en 1943, estaba convaleciente de una operación de simpatectomía).


Versión actual del TAT e imágenes de su primera versión

En 1930, Harry tiene otra relación con una mujer de la clínica. Morgan tiene una crisis y se distancia del trabajo. Rompen y se vuelven a reconciliar, de forma intensa. Esta vez, su nuevo compromiso es firmado con la construcción de la Torre (una idéntica a la de Jung); homenaje a una vida secreta de intensidad creativa (entre “Wona y Mansol”, sus nombres ficticios íntimos), y que será decorada por Christiana como texto de la díada. Harry necesitaba de nuevo su fuente de inspiración. Explorations in Personality, fruto del trabajo del grupo de la Clínica Psicológica de Harvard, y cuya autoría se atribuye únicamente a Murray, se publicó durante este tiempo. Mucho hay ahí de Christiana Morgan, tanto del trabajo compartido de forma pública en la Clínica, como de la creatividad privada de la Torre.


Durante la segunda guerra mundial, Henry Murray fue contratado por la Oficina de Servicios Estratégicos (OSS) -los servicios de inteligencia de EE. UU.-, lo que implicaba estar fuera la mayor parte del tiempo. Christiana Morgan se dedicó a las tallas y obras de arte para la Torre, como forma creativa de seguir manteniendo la relación viva y lidiar con la disminución de la atención de Murray. Sus últimos años juntos estuvieron marcados por períodos de intensa cercanía y tensa distancia. El alcohol en ambos también hizo de su parte; luego, la muerte de Bill Morgan (en un primer momento) y la de Josephine en 1962. En sus últimos años, Christiana expresaba así su soledad y oscuridad:


“El conocimiento de mi soledad espiritual es bastante crudo y terrible y trae miedo. Mi demonio me dice que esto solo se encontrará a través de mi trabajo. Es el prolongado dolor de la vida provisional —todavía no—, aún no de los trances hechos vivos, aún no de mi verdadero ser dicho. A veces siento que estoy muy cerca del borde de la locura. Siento un terror indecible” (en Douglas, 1998, p.230-1).


Harry y Christiana nunca se casaron. A pesar de sus promesas, Murray tenía otro nuevo amor (con quien luego se casó). De vacaciones, en 1967, tras una discusión donde Harry le dijo "Eres repugnante", Christiana se ahogó.


En pleno siglo XXI, y en la revista History of Psychology, resulta curioso encontrarse con uno de los pocos artículos “científicos” sobre Christiana Morgan y que da cuenta de cómo la trató y la sigue tratando el mundo académico (también da cuenta del machismo en la historia). Edwin Shneidman (2001) aprovecha una breve conversación que tuvo con ella poco antes de su muerte, en los 60, para contar -de forma extraña- la hipótesis de Morgan sobre el proceso creativo que emana de ser y sentirse perseguido. Shneidman parece más interesado en dejar constancia que fue testigo de la intensa relación Murray-Morgan. Para ello, se refiere a Murray así: “En resumen, lo tenía todo, incluida una amante con intereses místicos” (p.291).


Este psicólogo “experto en suicidios” habla de Christiana Morgan como “una oscura y misteriosa mujer prototípica”. “Un caso dramático, una mujer excéntrica y talentosa que influyó en las conceptualizaciones de un gran hombre” (p. 294 y 295). “Era emoción, la emoción que hace que la vida sea dramáticamente interesante e intensa. Una mujer así crea una gran turbulencia para ella y para quienes la rodean, el tipo de perturbación ingrediente esencial de la creatividad genuina” (p.295). Y añade: “Una mujer que nunca conocí en mi vida personal -y quizá busqué, pero no quería realmente encontrar” (p.294). Difícil no preguntarse por los miedos y proyecciones de la psicología masculina, y por el castigo que recibió Christiana por su poder.


Creatividad al servicio de su propia historia


Ruthellen Josselson (2013) ha analizado el diferente contexto narrativo en el que el biógrafo de Henry Murray (Forrest Robinson) y la biógrafa de Christiana Morgan (Claire Douglas) han relatado la relación entre Morgan-Murray. Robinson describe a Christiana Morgan como una mujer intensa que sedujo a Harry y le distrajo de su familia y de su trabajo. Un oscuro potencial femenino que ponía en riesgo una sensibilidad razonada de Harvard. Según él, Harry jugaba con varias cartas en su relación, Christiana solo con una. Para Douglas (1998), en cambio, Morgan hizo madurar a Murray, rompió su "racionalidad insensible" y su "conciencia anticuada"; le ayudó a atravesar la "gran distancia en experiencia, profundidad y sinceridad de vida" que los separaba (p.268). Desde una perspectiva feminista, Douglas ve a Murray como un hombre que explotó para su beneficio a Morgan y que nunca estuvo totalmente comprometido con su proyecto relacional. Ambas biografías coinciden en que fue una relación personal y profesional turbulenta y a la vez profundamente creativa.


De la energía o sinergia que su proyecto relacional emanaba, Harry y Christiana pensaron que habían “descubierto” algo grande. Más allá de la intimidad de su relación, pensaron que podían representar su amor -esa fuerza vital- en palabras y transmitírselo al mundo. La Proposición [The Proposition] era el nombre elegido para consagrar por escrito “la diada” con sus tres fases: visión, sinergia y proposición. La pasión por la ceremonia y por el registro muestra la implicación espiritual de Morgan en una relación mística y erótica, difícilmente clasificable en la época (incluidos rituales de dominación-sumisión relatados en términos místicos para explorar deseos reprimidos).


A pesar de su sexismo, Carlo Jung ofreció a Morgan un marco no patológico a sus visiones y relación. De hecho, Morgan tuvo una sesión posterior en Nueva York con Beatrice Hinkle quien le advirtió que sus trances no eran un camino hacia la individuación sino una patología, “una vía directa hacia la psicosis”, que debía abandonar (Hanns Sachs, de la Sociedad Psicoanalítica de Boston, le diría lo mismo más tarde). Christiana, en sus diarios, criticó esa actitud medrosa hacia los trances, fruto del prejuicio; y, en un borrador de artículo sobre Margaret Sanger, denunció el doble rasero hacia las mujeres creativas y profesionales: en las mujeres, “los psicólogos tienden a confundir neuroticismo con dedicación” (Morgan, en Douglas, 1998, p. 227). No obstante, en su versión del “no estamos locas, es el patriarcado”, cayó en señalar un límite entre lo normal/patológico: "La vulgaridad consiste en no poder distinguir entre el ardiente que siempre está fuera de la norma y el enfermo que también lo está" (Morgan, en Douglas, 1998, p. 227). El límite no parecía muy claro. Tampoco para Jung. Tanto él, como Murray y Morgan acordaron ingresar al joven Ralph Eaton en un psiquiátrico, un estudiante de filosofía de Harvard obsesionado por Christiana y a quien el psicoanalista también animó en sus visiones, y que, tras ello, se suicidó.


Para algunos, la relación entre Murray y Morgan era una “folie a deux”. Para Robinson (1992), "Fue una locura, por supuesto. Pero, ¡qué paseo!" (p. 383). Frente al lenguaje de la patología, se podría entender la relación y el papel de Morgan en ella como una crítica social a los convencionalismos de la época y a las normas sexuales prescritas para las mujeres, una rebelión creativa como “mujer perseguida” (siguiendo su propia teoría). Paradójicamente, implicaba un gran poder y agencia dentro de una fantasía romántica de sacrificio de anima (la figura de la “dominadora sumisa” que diríamos ahora). Una salida posible para una mujer tremendamente talentosa y creativa en un mundo que no le daba un lugar central: en un contexto a caballo entre la moralidad represiva posbélica (la “mística de la feminidad” con su feroz insistencia en que las mujeres se dedicaran a sus roles de esposas y madres) y la experimentación sexual previa a mayo del 68.

En su biografía, Douglas nos cuenta que Christiana conoció a los 18 años a Lucia Howard, una mujer transgresora (mayor que ella, soltera, con estudios superiores y viajera) que le mostró el camino y las lecturas de la emancipación de la mujer. Gracias a sus conversaciones, Christiana tomó conciencia de los límites que los convencionalismos imponían a los deseos y aspiraciones de las mujeres. En 1916, y en su entorno conservador, eran nuevas ideas que le desconcertaban y atraían por igual. En sus diarios escribe:


“Últimamente, se me ha metido en la cabeza esta horrible idea de rebelión contra la posición de la mujer, a veces me parece que toda su vida es meramente para el placer de los hombres, que tiene que soportar todo el sufrimiento y el trabajo pesado y me parece tan desigual (...) Detesto a una mujer que siempre está hablando de derechos, etc. Sería bueno para mí enamorarme ahora locamente y sacarme estas ideas de la cabeza. Parece que odio la idea del matrimonio y ser utilizada. Oh, no sé por qué tengo este horrible y sórdido modo de pensar: quitarle toda belleza a la vida” (en Douglas, 1998, p.59).


Tras su matrimonio, Morgan cortó su relación con Lucia Howard y buscó en Jung una explicación y salida a sus malestares. Fue una oportunidad perdida. A Christiana Morgan le llegó tarde el feminismo radical de la segunda ola de los 70. Douglas (1998) escribe en su libro: el subtexto de esta biografía se refiere a las relaciones de género y “lo que le sucede a una mujer que se esfuerza por crear una vida propia mientras permanece esclava a la idea del amor romántico” (p. 15). El “problema o malestar que no tiene nombre” (que señaló Betty Friedan) no podía resolverse como mujer inspiradora para otro hombre, requería poner la creatividad de Morgan en el centro de su historia:


“Primero, muestra que la mujer también puede necesitar ser heroica, que puede necesitar ser tan activa y dinámica como un hombre, y que también puede tener que encontrar y salvar su ánima, el doble cautivo de su naturaleza. (…) Una mujer no puede encontrar su propia ánima hasta que abandone la pseudo-realidad con la que las proyecciones del ánima de los hombres la encandilan. Tiene que liberarse, sobre todo, de la visión inconsciente que tiene el hombre de lo que es una mujer y encarnar su propio sentido de sí misma. Lo femenino mismo, como dragón, o como serpiente o víbora, o como otras formas de feminidad ‘repugnante’, es el poder que le ayuda a cumplir esta tarea tan difícil y solitaria de rescatarse a sí misma” (Douglas, 1989, p.24).


Referencias:

  • Apperson, Virginia (2012). My break with Jung. Jung Society of Atlanta. Newsletter (Winter), 4– 6. www.jungatlanta.com/ articles/ winter12- my- break- with- jung.pdf.

  • Douglas, Claire (1989). Christiana Morgan's Visions Reconsidered: A Look Behind The Visions Seminars. The San Francisco Jung Institute Library Journal, 8(4), 5-27

  • Douglas, Claire (1998). Translate This Darkness: The Life of Christiana Morgan, the Veiled Woman in Jung’s Circle. Princeton University Press.

  • Josselson, Ruthellen (2013). Love in the narrative context: The relationship between Henry Murray and Christiana Morgan. Qualitative Psychology 1(S),77-94

  • Melker, Ilona (2015). Christiana Morgan's Final Visions: A Contextual View. Jung Journal, 9(3), 9-30.

  • Robinson, Forrest (1992). Love's story told: A life of Henry A. Murray. Harvard University Press.

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