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“Mi diagnóstico”: un relato de “TLP” en Inocencia Interrumpida




Extracto del libro Inocencia interrumpida de Susanna Kaysen (1993), traducido por la editorial Bigsur (2022)

 

Así que esos serán los cargos contra mí. No los leí hasta 25 años después. Un “trastorno de personalidad” fue lo que me dijeron entonces.

 

Tuve que buscar a un abogado que me ayudara a obtener mis registros del hospital; tuve que leer la línea 32a del formulario A1 del Informe del Caso, y la entrada G del Resumen del Alta en la Estancia, y la entrada B de la parte IV del Informe del Caso; luego tuve que localizar una copia del Diagnostic and Statistical of Mental Disorders y buscar “personalidad límite” para ver lo que realmente ellos pensaban de mí.

 

Es un retrato bastante exacto de mí a los dieciocho años, menos algunas peculiaridades como la conducción temeraria y los atracones de comida. Es preciso, pero no profundo. Por supuesto, no pretende ser profundo. Ni siquiera es un estudio de caso. Es un conjunto de lineamientos, una generalización.

 

He estado tentada a refutarlo, pero entonces me expondría a las nuevas acusaciones de “estar a la defensiva” y “resistencias”.

 

Todo lo que puedo hacer es presentar los detalles: un diagnóstico anotado.

 

“Incertidumbre sobre varias cuestiones de la vida, como la imagen de sí mismo, la orientación sexual, los objetivos a largo plazo o la elección de la carrera, los tipos de amigos o amantes a tener”. Me encanta la última frase. Su torpeza (el “a tener” luce superfluo), le da sustancia y peso. Todavía tengo esa incertidumbre. ¿Es este el tipo de amigo o amante que quiero tener?, me pregunto cada vez que conozco a alguien nuevo. Encantador pero superficial; de buen corazón, pero un poco convencional; demasiado guapo para su propio bien; fascinante pero seguro que poco fiable, y así sucesivamente. Supongo que he tenido mi cuota de personas poco fiables. ¿Más que mi cuota? ¿Cuántos serían más que mi cuota?

 

¿Menos que otros, gente a quien nunca se le ha llamado personalidad límite?

 

Ese es el meollo de mi problema con esto.

 

Si mi diagnóstico hubiera sido enfermedad bipolar, por ejemplo, la reacción hacia mí y hacia esta historia sería ligeramente diferente. “Es un problema químico”, me habrían dicho, “maniaco-depresiva”, “Lithium”, todo eso. Igual yo no tendría la culpa. Y qué hay de la esquizofrenia, te daría un escalofrío. Después de todo, eso es una verdadera locura. La gente no se “recupera” de la esquizofrenia. Tendrías que preguntarte cuánto de lo que te cuento es cierto y cuánto imaginado.

 

Estoy simplificando, lo sé. Pero estas palabras lo manchan todo. El hecho de que me hayan encerrado lo mancha todo.

 

¿Qué significa personalidad límite, en cualquier caso?

 

Parece una estación de paso entre la neurosis y la psicosis: una psique fracturada, pero no desensamblada. Pero para citar a mi psiquiatra post-Melvin: “Así llaman a las personas cuyo estilo de vida les molesta”.

 

Puede decirlo porque es médico. Si yo lo dijera, nadie me creería.

 

Un analista que conozco desde hace años refirió: “Freud y su círculo pensaban que la mayoría de la gente era histérica; luego, en los años cincuenta, fue psiconeurótica, y ahora todo el mundo es una personalidad límite”.

 

Cuando fui a la biblioteca de la esquina a buscar mi diagnóstico en el Manual, se me ocurrió que podría no encontrarlo ya allí. Se deshacen de cosas -la homosexualidad, por ejemplo-. Hasta hace poco, bastantes de mis amigos se habrían encontrado documentados en este libro junto a mí. Pues bien, ellos salieron del libro y yo no. Quizá dentro de otros veinticinco años yo tampoco esté ahí.

 

“La inestabilidad en la imagen de sí mismo, en las relaciones interpersonales y en el estado de ánimo… la incertidumbre sobre… objetivos a largo plazo o la elección de la carrera…”, ¿no es esta una buena descripción de la adolescencia? Malhumorada, voluble, caprichosa, insegura: en resumen, insoportable.

 

“Comportamientos automutilantes (por ejemplo, arañarse las muñecas)…”. He saltado un poco adelante. Este fue el que me pilló por sorpresa mientras estaba sentada en el suelo de la biblioteca leyendo mi diagnóstico. ¡Arañarse las muñecas! Creí que yo lo había inventado. Golpearse las muñecas, para ser exactos.

 

Aquí es donde la gente ya no es capaz de seguirme. Este es el tipo de cosas por las que te encierran. Nadie sabía lo que hacía, sin embargo. Nunca lo había contado, hasta ahora.

 

Tenía una silla mariposa. En los sesenta, todo el mundo en Cambridge tenía una silla butterfly. El borde metálico elevado era perfecto para golpearme en las muñecas. Había intentado romper ceniceros y caminar sobre los fragmentos, pero no tenía agallas para pisar con firmeza. Golpearme las muñecas – lenta, constante, mecánicamente – era una solución mejor. Era una lesión acumulativa, así que cada golpe era tolerable.

 

¿Una solución a qué? Cito el Manual: “Este comportamiento puede… contrarrestar la sensación de ‘entumecimiento’ y despersonalización que surge durante los episodios de estrés extremo”.

 

Pasaba horas en mi silla mariposa golpeándome las muñecas. Lo hacía por las tardes, como los deberes. Trabajaba un poco en los deberes, luego pasaba media hora golpeándome las muñecas, terminaba los deberes y volvía a la silla para golpearme un poco más antes de cepillarme los dientes e irme a la cama. Me golpeaba la parte interior, donde convergen las venas. Se hinchaban y se ponían un poco azules, pero teniendo en cuenta lo fuerte y lo mucho que me golpeaba, el daño visible era leve. Esta ya sí que era una descripción más adecuada para mí.

 

Antes había pasado un periodo de arañarme la cara. Si mis uñas hubieran sido bien cortas, habría podido librarme de golpearme las muñecas. Pero como no lo eran, al día siguiente tenían un aspecto hinchado y peculiar. Me arañaba las mejillas y luego me las frotaba con jabón. Quizá el jabón evitaba que lucieran peor. Pero mi aspecto era lo bastante malo como para que la gente me preguntara: “¿Te pasa algo en la cara?”. Así que me puse a golpearme en las muñecas.

 

Yo era como una anacoreta con su cilicio. Parte del asunto era que nadie se enterara de mi sufrimiento. De saberlo la gente, y admirarlo -o condenarlo-, se habría perdido algo importante.

 

Intentaba explicarme a mí misma mi situación. Mi situación era que estaba sufriendo y nadie lo sabía; hasta a mí me costaba saberlo. Así que me repetía una y otra vez: “Te duele”. Era la única manera de llegar a mí misma (“contrarrestar la sensación de ‘entumecimiento’”). Yo estaba demostrando en el exterior y de una forma irrefutable, una condición interna.

 

“A menudo se observa una intransigencia social y una perspectiva, por lo general, pesimista”. ¿Qué crees que quieren decir con “intransigencia social”? ¿Poner los codos sobre la mesa? ¿Rechazar un trabajo como técnico dental? ¿Defraudar la esperanza de mis padres de ir a una universidad de primera categoría?

 

No definen la “intransigencia social” y yo no puedo definirla, así que creo que debe excluirse de la lista. Admitiré “la perspectiva por lo general pesimista”. Freud también la tenía.

 

Puedo decir honestamente que mi miseria se ha transformado en una infelicidad común, así que según la definición de Freud he alcanzado la salud mental. Y en mi hoja de alta, en la línea 41, puede leerse Resultado del Trastorno Mental: “Recuperado”.

 

Recuperado. ¿Mi personalidad había cruzado ese límite, sea cual fuere y dondequiera que estuviese, para que reanudara mi vida dentro de los confines de lo normal? ¿Había dejado de discutir con mi personalidad y había aprendido a cruzar la línea entre sano e insano? Tal vez en realidad había tenido un trastorno de identidad. “En el trastorno de identidad el cuadro clínico es similar, pero el trastorno límite de personalidad reemplaza el diagnóstico… si… la perturbación es suficientemente generalizada… y es poco probable que esté limitada a una etapa del desarrollo”. ¿Quizá haya sido víctima de un reemplazo inadecuado?

 

No he terminado con mi diagnóstico.

 

“La persona suele experimentar esta inestabilidad de la imagen de sí misma como sentimientos crónicos de vacío y aburrimiento”. Mis sentimientos crónicos de vacío y aburrimiento se debían al hecho de que vivía una vida basada en mis incapacidades, que eran numerosas. A continuación, una lista parcial. No podía ni quería: esquiar, jugar al tenis ni ir a la clase de gimnasia; asistir a ninguna otra asignatura en el instituto que no fuesen Inglés y Biología; escribir artículos sobre los tópicos asignados (escribí poemas en lugar de artículos para Inglés; obtuve “reprobados”); planear y solicitar ingreso a la universidad; dar cualquier explicación razonable por sentir estos rechazos.

 

Mi imagen de mí misma no era inestable. Me veía a mí misma, de forma bastante correcta, como inadecuada para los sistemas educativo y social.

 

Pero mis padres y profesores no compartían mi imagen. La imagen que tenían de mí era inestable, porque desbarataba su realidad y se basaba en sus necesidades y deseos. No valoraban mucho mis capacidades, cierto es que escasas, pero genuinas. Leía todo, escribía constantemente y tenía novios a montón.

 

“¿Por qué no haces las lecturas que te asignan? -me preguntaban-. ¿Por qué no escribes tus trabajos en lugar de lo que sea que estés escribiendo -qué es eso, un cuento corto? ¿Por qué no dedicar la misma energía a tus deberes escolares que a tus novios?”.

 

El último año ni siquiera me molesté en excusarme y mucho menos en dar explicaciones.

 

-       ¿Dónde está tu trabajo trimestral? – Me preguntó mi profesora de Historia.

-       No lo he escrito. No tengo nada que decir sobre este tema.

-       Podrías haber elegido otro tema.

-       No tengo nada que decir sobre ningún tema histórico.

 

Uno de mis profesores me dijo que yo era nihilista. Fue un insulto, pero lo tomé como un cumplido.

 

Novios y literatura: ¿puedes tener una vida sin esas dos cosas? Resulta que sí: últimamente hay más literatura que novios en mi vida, pero supongo que no se puede tener todo (“una perspectiva por lo general pesimista [se observa]”).

 

Por aquel entonces no me cabía en la cabeza que yo –o alguien- pudiera tener una vida sin novios ni literatura. Hasta donde lograba ver, la vida me exigía unas habilidades que yo no tenía. El resultado era un vacío y un aburrimiento crónicos. También había resultados más perniciosos: un odio hacia mí misma que se alternaba con “ira inapropiadamente intensa con frecuentes muestras de mal genio…”.

 

¿Cuál habría sido el nivel de intensidad apropiado para mi ira por sentirme excluida de la vida? Mis compañeros de clase barajaban sus fantasías para el futuro: abogado, etnobotánico, monje budista (era un instituto muy progresista). Incluso los tontos y poco interesantes, que estaban allí para hacer “un balance”, esperaban con ilusión sus matrimonios y sus hijos. Yo sabía que no iba a tener nada de eso porque sabía que no lo quería. Pero ¿significaba eso que no tendría nada?

 

Fui la primera persona en la historia de ese instituto que no fue a la universidad. Por supuesto, al menos un tercio de mis compañeros nunca terminó la universidad. En 1968, la gente se salía del sistema a diario.

 

Hoy, muy a menudo, cuando cuento que no fui a la universidad, la gente me dice: “¡Oh, qué maravilla!”. No habrían pensado que era tan maravilloso entonces. No lo hacían; mis compañeros de clase eran justo el tipo de personas que hoy me dicen que soy una maravilla. En 1996, yo era una apestada.

 

Que qué iba a hacer, me preguntaban algunos compañeros.

 

- Voy a unirme a las WAC – le dije a uno.

- ¿Ah, sí? Será una carrera interesante.

- Es una broma – aclaré.

- ¿Quieres decir que no, de verdad?

 

Me quedé de piedra. ¿Quién pensaba que era yo?

 

Seguro que no pensaba mucho en mí. Yo era la que vestía de negro y -de verdad, se lo había escuchado a varias personas- dormía con el profesor de inglés. Todos tenían diecisiete años y estaban abatidos, como yo. No tenían tiempo para preguntarse por qué estaba yo un poco más abatida que la mayoría.

 

Vacía y aburrimiento: qué subestimación. Lo que yo sentía era una completa desolación. Desolación, desesperación y depresión.

 

¿No hay otra manera de ver esto? Igual una angustia de estas dimensiones es un artículo de lujo. Hay que estar bien alimentado, vestido y alojado para tener tiempo para tanta autocompasión. Y el asunto de la universidad. Mis padres querían que fuera, yo no quería ir, y no fui. Conseguí lo que quería. Quienes no van a la universidad tienen que buscar trabajo. Yo estaba de acuerdo con eso. Me lo dije a mí misma una y otra vez. Hasta conseguí uno: rompiendo fuentes para gratinar.

 

Pero el hecho de que no pudiera mantener mi trabajo era preocupante. Probablemente estaba loca. Llevaba un año o dos eludiendo la idea de la locura; ahora me acercaba a ella.

 

“¡Contrólate! – me dije -. Deja de ser autoindulgente. No te pasa nada malo. Solo eres una caprichosa”.

 

Uno de los grandes placeres de la salud mental (sea esto lo que sea) es que puedo pasar tiempo pensando en mí.

 

Tengo más anotaciones a mi diagnóstico.

 

“El trastorno se diagnostica con mayor frecuencia en mujeres”. Nótese la construcción de esa frase. No escribieron: “El trastorno es más común en las mujeres”. También de esa forma sería sospechoso, pero ni siquiera se molestan en intentar cubrir sus huellas.

 

Muchos trastornos, a juzgar por la población hospitalaria, se diagnostican con más frecuencia en las mujeres. Por ejemplo, la “promiscuidad compulsiva”.

 

¿Con cuántas chicas crees que habría tenido que follar un joven de diecisiete años para ganarse la calificación de “promiscuo compulsivo”? ¿Con tres? No, no es suficiente. ¿Con seis? Lo dudo. ¿Con diez? Suena más probable. Presumo, que con un rango de quince a veinte -esa es mi conjetura-, si es que alguna vez calificaban de ese modo a los chicos, lo cual no recuerdo que hayan hecho.

 

Y a las chicas de diecisiete años, ¿con cuántos chicos?

 

En la lista de seis actividades “potencialmente dañinas para uno mismo” que se atribuyen a la personalidad límite, tres se asocian comúnmente con las mujeres (compras compulsivas, robos en tiendas y atracones de comida) y una con los hombres (conducción temeraria). Una no es “específica de género”, como se dice hoy día (abuso de sustancias psicoactivas). Y la definición de la otra (sexo casual) está en el ojo del que mira.

 

Luego está la cuestión de la “muerte prematura” por suicidio. Por suerte, lo eludí, pero pensaba mucho en el suicidio. Pensaba en suicidarme y me entristecía por mi muerte prematura, y luego me sentía mejor. La idea del suicidio funcionaba en mí como purgante o catarsis. Para otras personas, es diferente: para Daisy, por ejemplo. ¿Pero su muerte fue en verdad “prematura”? ¿Debería haberse sentado en su cocina integrada con su pollo y su rabia cincuenta años más? Estoy asumiendo que ya no iba a cambiar, y puede que me equivoque. Seguramente Daisy supuso lo mismo, y puede que también se haya equivocado. Y si hubiera estado sentada ahí solo treinta años, y se hubiera suicidado a los cuarenta y nueve en lugar a los diecinueve, ¿seguía siendo su muerte “prematura”?

 

Yo mejoré y Daisy no, y no puedo explicar por qué. Tal vez estaba coqueteando con la locura del mismo modo que coqueteaba con mis profesores y mis compañeros de clase. No estaba convencida de estar loca, aunque temía estarlo. La gente dice que tener alguna opinión consciente sobre la situación es una marca de salud mental, pero no estoy segura de que sea verdad. Sigo pensando en ello. Siempre tendré que pensar al respecto.

 

A menudo me pregunto si estoy loca. También se lo pregunto a otras personas. “¿Es una locura decir esto?”, pregunto antes de decir algo que quizá no sea una locura.

 

Empiezo muchas frases con: “Tal vez estoy completamente chiflada” o “Tal vez estoy trastornada”.

 

Si hago algo fuera de lo normal -bañarme dos veces en un día, por ejemplo-, me preguntó: “¿Estás loca?”.

 

Es una frase común, lo sé. Pero significa algo particular para mí: los túneles, las mallas de seguridad, los cubiertos de plástico, el límite resplandeciente y siempre movedizo que, como todas las fronteras, atrae y pide ser cruzado. No quiero volver a hacerlo.

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