¿“Síndrome de Munchausen por poderes” o poder médico-judicial?: Injusticia epistémica, enfermedades contestadas y madres protectoras
- hace 3 días
- 17 min de lectura

Una búsqueda rápida sobre el síndrome de Munchausen por poderes (SMP) probablemente nos remita al ámbito de la criminología, el maltrato infantil o mujeres asesinas. Como con el true crime, veremos noticias dentro de un imaginario sensacionalista y rocambolesco. El síndrome debería hacer referencia al maltrato infantil por motivos médicos, a un tipo de violencia adultocéntrica, pero es reducido a un trastorno psicológico adjudicado en un 90-95 % de los casos a mujeres, en concreto, a la "madre perpetradora" (Raitt y Zeedyk, 2004).
Lo que sigue son unas líneas sobre la necesidad de introducir una perspectiva crítica hacia una categoría diagnóstica en la intersección de lo médico con lo jurídico, que nos habla de episodios de maltrato infantil, psicologizándolo, pero también de la regulación/culpabilización de la maternidad y la producción de credibilidad. No se trata tanto del "no estamos locas, es el patriarcado familiar, médico y jurídico" sino de que "el patriarcado familiar, médico y jurídico" tiene el poder de enloquecer e instrumentalizar la locura para sostenerse y seguir violentando.
La fabricación del Síndrome de Munchausen por poderes
En el libro Disordered mother or disordered diagnosis? Munchausen by proxy syndrome, Allison y Roberts (1998) analizan la creación del SMP en un contexto determinado, como un diagnóstico poco específico y de verificación dudosa, y que reflejaba el poder médico institucionalizado. El SMP se define como un trastorno facticio (factitius disorder), es decir, una simulación de trastorno, un no-trastorno (‘facticio’ significa artificial, fingido, no natural). Mediante esta etiqueta, no solo se rechaza el cuidado, se puede demandar a la persona por fraude. Según los autores, la construcción del SMP ha seguido un patrón paralelo a la brujería e histeria: mediante la alianza Estado, Iglesia y Medicina, se regulan y castigan las conductas de las mujeres que amenazan y desafían el poder patriarcal (tanto el médico como el del pater familias).
El síndrome Munchausen por poderes fue acuñado por el pediatra británico Roy Meadow, en 1977, en un artículo de apenas dos páginas en The Lancet. Mediante dos casos breves, Meadow lo visibilizaba para describir situaciones donde una persona cuidadora, generalmente la madre, fabricaba o inducía síntomas en un menor para obtener atención médica. Previamente y en la misma revista, otro médico británico, Richard Asher (1951), acuñaba el término síndrome de Munchausen (emulando al famoso barón Munchausen y sus invenciones) para describir la conducta fantasiosa de tres personas diagnosticadas de “simuladoras, histéricas e hipocondríacas”. Se trataba, según el autor, de personas que fingían o se provocaban a sí mismas enfermedades, es decir, buscaban tratamiento médico para enfermedades inexistentes. Dado el coste y las cargas que ello suponía para el sistema sanitario, el médico proponía un diagnóstico que permitiera facilitar “una cura del fetiche psicológico [psychological kink] que produce la enfermedad” (p.341).
Tras el artículo de Asher, el síndrome se trató como un trastorno facticio, en el que una persona finge estar enferma. Sin embargo, el “por poderes” [by proxy] o “por delegación” que introdujo Meadow (cuando la enfermedad se fabrica en otra persona, normalmente un niño), añadía un tercer protagonista: no solo médico y paciente, sino un perpetrador (más bien perpetradora, la madre). Todo ello, en un momento de incremento de casos y conciencia pública sobre el maltrato infantil; y de lo que hoy llamaríamos “enfermedades contestadas”, o no creídas por falta de investigación o ignorancia, particularmente, el síndrome de muerte súbita del lactante (Allison y Roberts, 1998).
Por trazar su recorrido nosológico, la falta de evidencia sustancial hizo que el SMP no estuviera presente en el DSM-I y DSM-II. En 1980, el DSM-III (1980) incorpora por primera vez el concepto general de “trastorno facticio” (factitious disorder), donde se incluyen personas que producen o simulan síntomas para asumir el papel de enfermas. En las ediciones del DSM IV (1994), con una modalidad “no especificada”, y DSM IV-TR (2000) se distingue entre trastorno facticio con “síntomas físicos” y “por poderes” o delegación. Los criterios, que se centran en el perpetrador, son los siguientes: la producción o simulación intencionada de síntomas en otra persona bajo su cuidado; la motivación/necesidad de asumir el rol de enfermo por medio de un tercero o “por delegación”; y la ausencia de incentivos externos claros (lo que lo distingue de la simulación -malingering- o la hipocondría). De esta forma, el antiguo SMP recibía reconocimiento oficial dentro de la clasificación psiquiátrica estadounidense.
El DSM-5 (2013) y DSM-5-TR (2022) introducen una modificación conceptual relevante: el término “Munchausen por poderes” es sustituido por “Trastorno facticio impuesto a otro” [Factitious Disorder Imposed on Another], evitando el epónimo; y es integrado dentro del capítulo de “Trastornos de síntomas somáticos y trastornos relacionados”. El criterio central es la falsificación o inducción de enfermedad en otra persona mediante engaño. No obstante, el término “Munchausen por poderes” continúa utilizándose de manera informal o histórica, pero ya no como diagnóstico oficial (Allison y Roberts, 1998).
Como señalan Allison y Roberts (1998), “lo que a primera vista parece un síndrome unitario definiendo un trastorno facticio, llano y simple, una mirada más cercana lo convierte en una designación cajón de sastre de pacientes con una amplia variedad de problemas severos y muy reales” (pág. XXIX); problemas como el abuso de sustancias, el sinhogarismo, la pobreza, etc. La laxitud en la definición y la ausencia de etiología plausible daban pie a una variedad de casos donde lo único común era una mujer-madre que lastimaba a sus hijos para ganar atención de los médicos.
Para cubrir dichas limitaciones, Schreier y Libow (1993) escribieron Hurting for love, un manual de diagnóstico y tratamiento médico, donde el SMP se conceptualizaba como una “perversión de la maternidad” donde la madre “fetichiza” a su propio hijo de cara a obtener afecto y admiración de su médico cuidador. La relación paciente-médico tradicional pasa a segundo plano frente a la díada madre-doctor y, mediante el psicoanálisis, se intenta elaborar una etiología dinámica para explicar esta particular conducta materna. La mujer-madre ofrece su hijo como fetiche o sacrificio al médico, para impresionar, como símbolo sexualizado de su voluntaria sumisión a la autoridad: es una llamada de amor al médico. Nada se menciona sobre las condiciones socioeconómicas de las madres (la mayoría pobres), ni de las relaciones entre las mujeres y la profesión médica, con el rol idealizado de los médicos como salvadores (Allison y Roberts, 1998).
Inevitablemente, los llamados trastornos facticios nos remiten a la historia de la histeria y a médicos, como Kraepelin, para quienes muchos síntomas histéricos, que desconcertaban y frustraban el conocimiento médico, eran simulados. U otros, como Charcot, para quienes los síntomas no estaban provocados por una debilidad volitiva o eran fingidos, eran reales, con un trastorno orgánico paralelo. En juego estaba la propia autoridad de la medicina, las relaciones paciente-médico y la disrupción, dentro del modelo médico de enfermedad, de la no-enfermedad (Allison y Roberts, 1998). Como enfatizan estos autores, el trastorno facticio como tal no existe en un individuo, sino que es aducido por un observador/clínico. Las únicas indicaciones de su existencia son ciertas conductas reales que, desde el punto de vista de quien diagnostica, son “síntomas” físicos o psicológicos “falsos” o auto inducidos. Por otro lado, se distingue de la simulación por ausencia de incentivos externos (ej. dinero), lo cual costaba mantener dadas las motivaciones (tanto externas como internas) de las conductas facticias. La propia noción de trastorno facticio es facticia (Allison y Roberts, 1998).
Con la entrada del SMP en el DSMI-IV, la afirmación de que solo el médico tiene el poder de averiguar la propia voluntad (de fingir) del paciente será apoyada por el confiable aparato diagnóstico psiquiátrico. Un médico dice que una persona está enferma porque los datos nosológicos especifican que está enfermo, incluso aunque no lo sepa. La transformación moderna de la simulación (considerada como no-enfermedad) dentro de una enfermedad psiquiátrica proporcionaba un pretexto perfecto a los médicos para amonestar a las pacientes difíciles y ejercer poder punitivo sobre aquellas que -según ellos- decidían engañarles y burlar el orden médico.
Para Chapman (1957), el “problema de las pacientes que peregrinan” merecía institucionalización porque estaban obstaculizando la institución médica. Con la extensión del síndrome de Munchausen a la forma “por poderes” se ampliaban las partes e instituciones interesadas: la relación de poder entre médico y paciente se extendía incluyendo preocupaciones de abuso o maltrato infantil, el sistema legal y judicial, los servicios sociales, etc.
El DSM daba apariencia de validez y confiabilidad a un nuevo trastorno cuya etiología no estaba clara y era referida como “retorcida o excéntrica” [kink o quirk] y, a quienes la sufrían, como “pesadas e irritantes errabundas” [hospital hoboes] (Asher, 1951; Chapman, 1957). Pronto adquirió popularidad, reforzado por los medios, artículos académicos y los propios sistemas de justicia. Reducido al deseo de una madre por conseguir afecto de un doctor, ya no se cuestionaba su existencia como trastorno. Los elementos no médicos de tales casos (las circunstancias sociales, económicas o maritales de las madres, por ejemplo) debían ser absorbidos por el modelo médico y por la nosología diagnóstica de la psiquiatría.
Casos judiciales donde se aplicó e implicaciones
Diferentes casos donde se aplicó de forma “errónea” el SMP (las comillas son porque, incluso en situaciones de maltrato comprobado, cuestionamos la existencia del síndrome como tal) nos permiten analizar el poder y la autoridad del sistema médico y judicial sobre las mujeres: en algunos casos, por injusticia epistémica y enfermedades contestadas, y en otros, por no creer situaciones de abuso sexual.
Probablemente el caso más conocido de aplicación polémica de SMP fue el de Sally Clark en Reino Unido. En 1999 fue condenada por el asesinato de sus dos bebés, fallecidos en circunstancias atribuidas inicialmente a muerte súbita. La acusación se apoyó en el prestigio de Roy Meadow. Construido como experto mediático y autoridad pericial, transformó un “aforismo pseudoestadístico” en una aparente certeza científica que caló rápido en la ortodoxia forense: “una muerte súbita es una tragedia, dos resultan sospechosas, tres constituyen asesinato hasta que se demuestre lo contrario” (en Bates, 2019, p.191). Posteriormente se demostró que aquellas cifras carecían de base estadística adecuada y la condena fue anulada. Aunque técnicamente el juicio fue por homicidio y no por Munchausen por poderes, el caso quedó históricamente asociado a la expansión del paradigma de Meadow y a la sospecha sistemática hacia las madres de infantes fallecidos.
Angela Cannings también fue condenada por la muerte de dos de sus hijos y pasó tiempo en prisión antes de ser absuelta por el Tribunal de Apelación británico en 2003. La revisión judicial concluyó que la evidencia científica no permitía sostener con seguridad la hipótesis de homicidio. Para muchas autoras feministas, Cannings simboliza cómo la sospecha de maternidad patológica podía imponerse sobre la incertidumbre médica. Al igual que las anteriores, Donna Anthony fue condenada por la muerte de sus dos hijos y posteriormente absuelta. De nuevo, el papel de los expertos vinculados al paradigma de Meadow fue criticado durante la revisión judicial.
Las tres fueron acusadas de asesinar a sus hijos, en casos previamente clasificados como Síndrome de muerte súbita del lactante. Meadow argumentó en cambio que estas mujeres habían asesinado a sus hijos para llamar la atención. Los tres casos provocaron la caída de popularidad y la crisis de credibilidad de la pericia médica relacionada con el Munchausen por poderes y las muertes infantiles en el Reino Unido a comienzos del 2000 (Bates, 2019). Meadow fue dado de baja del registro médico por mala praxis tras el éxito de las apelaciones.
Más allá de estos casos judiciales famosos, la crítica feminista se ha centrado en numerosos expedientes hospitalarios, menos conocidos, de madres de niños con enfermedades raras o poco comprendidas (como la enfermedad de Lyme o el síndrome de fatiga crónica-encefalomielitis miálgica) o muertes infantiles médicamente inexplicables, en muchos casos por inmunodeficiencia (por acidemia metilmalónica espontánea, dermatomiositis, trastorno enzimático, síndrome de Kostmann) donde se acusaba a las y los progenitores de envenenamiento (Rand y Feldman, 1999; Sherr, 2005).
Durante los años ochenta y noventa, algunas madres que insistían en buscar explicaciones para síntomas extraños o enfermedades no comprendidas de sus hijos terminaban siendo consideradas sospechosas de MSBP (Bates, 2019; MAMA, s.f.; Sherr, 2005). En ocasiones, el diagnóstico parecía basarse más en la frecuencia de las consultas, la insistencia de la madre, desacuerdos con los médicos, solicitudes de segundas opiniones, que en pruebas directas de fabricación de síntomas. En lugar de escuchar el historial clínico, histerizaban a la madre bajo un supuesto deseo de llamar la atención. Los servicios de protección infantil activaban la “prueba de separación” y, si los síntomas del niño mejoraban en el hospital, las autoridades asumían que la madre fingía o provocaba la enfermedad (Sherr, 2005). Así, conductas asociadas al cuidado intensivo se podían reinterpretar como evidencia psiquiátrica.
“La tendencia de la medicina moderna a trivializar las preocupaciones ‘excéntricas’ de las mujeres y el hecho de que los médicos de hoy en día, siempre con prisas, tiendan a buscar soluciones fáciles, suelen derivar en la misoginia de la devaluación materna, especialmente por parte de médicos que desconocen las espiroquetas (…) Miles de niños, enfermos de patologías complejas, han sido separados a la fuerza de sus madres, quienes insisten, contrariamente a las evaluaciones habituales, en que sus hijos están enfermos. Las acusaciones contra estas madres se basan en la idea de que creen que sus hijos están enfermos para satisfacer intereses personales distorsionados. Las madres que defienden la causa de la enfermedad son vilipendiadas, frecuentemente encarceladas y humilladas públicamente por el supuesto ‘pecado’ de abogar por sus hijos. En realidad, muchos de estos casos implican una borreliosis de Lyme no diagnosticada, cuya causa las madres insisten en que es válida a pesar de que las pruebas resulten negativas” (Sherr, 2005, p.440).
Cuando un bebé fallece trágicamente sin una causa médica clara, el ideal materno de protectora absoluta lleva a los investigadores a presentar a la madre como negligente o como responsable intencional del daño (Raitt y Zeedyk, 2004). Toda la atención se centra en la calidad del cuidado infantil y en su estado emocional para determinar si es una madre "apta". Su comportamiento se evalúa entonces para determinar la probabilidad de que sea o no culpable de matar a su(s) bebé(s). A partir del análisis de diferentes casos de acusaciones falsas, estas autoras concluyen que las expectativas y mandatos sobre la maternidad han determinado en gran medida los resultados de los procesos judiciales y las apelaciones.
La ambigüedad de la evidencia del síndrome, junto con los mitos maternos y el consiguiente rechazo y castigo mediático-social hacia las "malas madres", dota a los supuestos casos judiciales de SMP de moralidad, atribuciones de género y juicios sociales. El maltrato infantil por motivos médicos es un problema grave, pero diagnosticarlo tras una muerte súbita requiere una evaluación rigurosa, basada en la evidencia, no en estereotipos sociales sobre la maternidad "buena" o "mala".
Aire de familia: Falsa memoria, síndrome de alienación parental y SMP
¿Qué condiciones institucionales permitieron que estas madres fueran consideradas sospechosas con tanta facilidad? Esta pregunta conecta con los estudios sobre género, injusticia epistémica, autoridad médica y judicial. Relacionar el síndrome de Munchausen con las teorías de la falsa memoria y el síndrome de alienación parental nos permite hermanarlo desde un dispositivo patriarcal común. Todos se han utilizado como herramientas de diagnóstico y argumentación legal, y todos han recibido críticas por su escasa base empírica, el sesgo de género en su aplicación y el riesgo de invalidar denuncias reales de abuso.
Durante la segunda ola del movimiento feminista en los 70, muchas mujeres se animaron a denunciar su experiencia de abuso sexual en la infancia y romper su silencio; no solo animaron a otras, sino también a muchos profesionales a creerlas y tomar en serio sus casos. En aquella época, sus relatos eran creídos ampliamente (bastante duro era hablar desde el dolor) y tenían justificación y evidencia. Sin embargo, con el tiempo llegó la reacción. Se fabricó y se extendió el llamado “síndrome de la memoria falsa” (SMF) que afirmaba que los recuerdos de abuso eran inducidos por sus terapeutas, contribuyendo a desacreditar el relato de las víctimas (Caplan, 2005).
El estudio de las falsas memorias provenía de los experimentos de la psicóloga Elizabeth Loftus, que trataban de demostrar cómo la memoria humana es maleable y puede ser sugestionada, alterando el recuerdo de un evento pasado mediante información engañosa introducida posteriormente. En el ámbito clínico y forense, estas teorías se han utilizado en casos de denuncias de abusos sexuales en la infancia, con el peligro de invalidar el testimonio de víctimas, asumiendo que sus recuerdos son implantados. Equiparar la sugestionabilidad de la memoria ordinaria en experimentos de laboratorio con la memoria del trauma de agresiones sexuales en la infancia es problemático científicamente, pero sobre todo revictimiza y desacredita la voz de las víctimas/supervivientes (Alcoff, 2018).
El “síndrome de la memoria falsa” tuvo amplio impacto en la opinión pública a través de los medios, influyendo además en cómo y desde dónde el sistema de justicia trataba el tema. Los medios pasaron de hablar de historias de supervivientes de abuso a hablar de falsas acusaciones; los abogados defensores comenzaron a utilizar el SFM para defender a sus clientes, y los que defendían a las víctimas comenzaron a tener miedo de que las madres perdieran la custodia de sus hijos si denunciaban. El resultado: mujeres y hombres víctimas de agresiones sexuales desde niños volvían a tener miedo a hablar (Caplan, 2005).
Se había fabricado el sesgo: una mujer que acusaba a su exmarido de abusar sexualmente de sus hijos era “malévola” e intentaba alinearlos de su padre. Un contexto perfecto para la fabricación del “síndrome de alienación parental” (SAP) y su aplicación fundamentalmente a madres protectoras. En 1985, el psiquiatra Richard A. Gardner lo propuso para definir un conjunto de síntomas en el que un progenitor manipula al hijo para que rechace injustificadamente al otro progenitor, generalmente en el contexto de un divorcio conflictivo. Aparte de carecer de respaldo científico (no está reconocido ni por la CIE de la OMS ni por la APA, pero no sabemos los virajes ideológicos que puedan tener estas instituciones…), presupone que si un menor se defiende y rechaza a un progenitor es producto de una manipulación psicológica por parte del otro, ignorando la posibilidad real de que esté sufriendo maltrato, abuso o negligencia por parte del progenitor rechazado. Todavía hoy, esta etiqueta se está utilizado en juicios para criminalizar al progenitor protector (habitualmente la madre) y revertir la custodia.
También el síndrome de Munchausen por poderes comenzó a usarse como defensa de padres acusados de abuso: la madre se estaba imaginando o causando un problema, y los niños no habían tenido ningún tipo de agresión sexual. Era la madre la maltratadora, al fabricar o inducir síntomas físicos o psiquiátricos en el menor para obtener atención médica. De esta forma, no solo se dejaba de investigar a los padres, sino que se cambiaba el foco sobre las madres como fuente del problema (Caplan, 2005). Como señaló Paula Caplan (2005), se daba un doble efecto de invisibilidad e hipervisibilidad: las niñas-mujeres víctimas/supervivientes invisibles y silenciadas, acusadas de mentir; las madres de las niñas en el punto de mira como problemáticas y retorcidas, patologizadas y criminalizadas.
Cuando se relacionan los tres conceptos, surge un patrón patriarcal preocupante en el ámbito forense y judicial: en litigios por custodia, y en un ejercicio de injusticia epistémica testimonial hacia la infancia, las alegaciones de abuso (físico o sexual) han sido y son desacreditadas por peritos bajo la premisa de que los niños son fácilmente sugestionables y sus testimonios son el resultado de falsas memorias. Si la niña o el niño rechaza al padre acusado de abuso, se aplica de forma acrítica el síndrome de alienación parental, patologizando al menor y atribuyendo su rechazo a una manipulación materna, lo que invisibiliza el abuso original, revictimiza y criminaliza a la madre; y si el menor acude a un centro de salud, los peritos pueden diagnosticar al progenitor protector un trastorno facticio o SMP, argumentando que es la cuidadora quien ha inducido la enfermedad o la falsa vivencia en el niño (de protectora pasa a perpetradora). En suma, son tres constructos cuestionados, que se han utilizado para desestimar la violencia y proteger a los agresores en los tribunales de familia.
Mecanismos de injusticia epistémica que devienen en injusticia legal
Estos tres conceptos tienen una relación directa con la injusticia epistémica (Fricker, 2007): las instituciones judiciales y médicas tienden a no reconocer la capacidad de ciertos sujetos de conocimiento válido. En los tribunales de familia, la aplicación del Munchausen por poderes, la alienación parental y las falsas memorias ha operado como engranaje perfecto de devaluación de la credibilidad, afectando principalmente a dos colectivos: infancias y mujeres-madres.
La injusticia testimonial ocurre cuando un prejuicio causa que el oyente otorgue un nivel de credibilidad menor a la palabra de un hablante. En la intersección de estos tres síndromes, el prejuicio de género y el sesgo adultocéntrico actúan de forma sistémica. Se desacredita a la madre porque, al denunciar abusos hacia sus hijos, se la etiqueta de "vengativa", "histérica" o "maliciosa" en un proceso de divorcio. Las etiquetas de SMP o SAP transforman su testimonio legítimo de protección en un síntoma de patología psiquiátrica o manipulación. Y se descredita a niñas y niños, porque su testimonio sobre la violencia sufrida es anulado mediante la teoría de las falsas memorias o la alienación. Se asume que no tienen agencia ni memoria fiable, que son meros "recipientes vacíos" moldeados por la sugestión materna. Se les despoja de su condición de testigos de su propia vida.
La injusticia hermenéutica ocurre cuando la ausencia de recursos interpretativos obstaculiza la comprensión de una experiencia. En lugar de utilizar herramientas conceptuales adecuadas para entender el abuso o maltrato infantil, el sistema médico-judicial fabrica diagnósticos ad hoc como el SAP o el SMP (de la misma forma que la ignorancia sobre determinadas enfermedades contestadas genera atribuciones psicológicas hacia las mujeres como explicación). Un comportamiento que lógicamente es de protección materna pasa a conceptualizarse institucionalmente como "maltrato" (Munchausen) o "lavado de cerebro" (Alienación). El rechazo natural del niño hacia un agresor deja de leerse como autodefensa y se codifica como una "patología psicológica inducida". Cuando estos conceptos se cruzan en un litigio, se genera un bucle de silenciamiento: denuncia de abuso, tratada como "falsa memoria" (invalida al niño); si persiste, tratada como "alienación parental" (criminaliza a la madre); si hay pruebas médicas, tratada como "Munchausen por poderes" (patologiza el cuidado e individualiza sistemas indignos y precarios para ejercerlo).
Al final, el sistema no solo desestima la denuncia, sino que castiga al sujeto despojado de credibilidad quitándole la custodia del menor, consumando la injusticia legal a través de la injusticia epistémica.
El SMP: Un síndrome en disputa
Existen casos documentados de maltrato infantil e inducción deliberada de enfermedad, donde menores han sufrido daños graves e incluso han fallecido. Por ello, con este escrito no pretendemos negar la existencia de dichas violencias. Lo que se critica es la patologización de dicha conducta y los sesgos patriarcales en su aplicación.
El diagnóstico se ha aplicado de manera abrumadora a madres. La figura del “Munchausen por poderes” se construyó culturalmente alrededor de la imagen de una madre excesivamente implicada, mentirosa o manipuladora. Se trata de un ejemplo más de la historia de la “patologización de las madres”. La madre pasa de ser cuidadora a sospechosa: la insistencia en buscar respuestas médicas para un hijo con síntomas difíciles de explicar se reinterpreta como prueba de patología. Se invierte la carga de la prueba y la persistencia en reclamar atención médica se convierte en evidencia del propio diagnóstico (Raitt y Zeedyk, 2004).
La autoridad médica responde y se defiende con un diagnóstico ante quien muestra la ignorancia sobre enfermedades contestadas (no es casual que especialidades como pediatría, ginecología y psiquiatría tiendan a patologizar lo inexplicado). El SMP se sitúa en la frontera entre enfermedad, fraude y control social. La pregunta no es sólo si existe o no la conducta denunciada, sino quién tiene autoridad para definir qué síntomas son reales y cuáles fabricados. El sistema médico protege su autoridad interpretativa y resuelve situaciones de incertidumbre y desafío médico con un diagnóstico: desplaza el foco desde una posible enfermedad del menor hacia la conducta, psicología y moralidad de la madre. Como hemos señalado, bastantes acusaciones de SMP posteriormente se reconocieron como enfermedades contestadas.
En este esquema, la palabra del profesional adquiere mayor legitimidad que la de la cuidadora. Una vez aparece la sospecha de SMP, cualquier comportamiento puede reinterpretarse como confirmación de la hipótesis: buscar otra opinión médica, insistir en una posible enfermedad o recopilar documentación médica se convierten en peregrinajes obsesivos, prueba de preocupación patológica o manipulación.
Por otro lado, desde el feminismo jurídico se ha analizado la utilización del SMP en procedimientos judiciales relacionados con protección infantil, abuso sexual y custodia. Algunas autoras sostienen que, en ciertos casos, el diagnóstico se ha utilizado para desacreditar denuncias de abuso o interpretarlas como producto de una madre manipuladora. Como con el SAP o determinadas teorías sobre falsas memorias, se ha criticado la falta de credibilidad a madres e hijas/os, la insuficiente base empírica de algunas periciales y la posible utilización estratégica de estas categorías en litigios de familia.
El SMP carece de una definición médica o legal clara, y se ha utilizado de forma indebida en numerosas ocasiones. Es innegable que algunas madres dañan deliberadamente a sus hijos y que, por socialización de género en los cuidados o por sesgo en los profesionales, las sentencias de maltrato infantil por motivos médicos se dan en su amplia mayoría sobre mujeres. No pretendemos cuestionar esta realidad, sino señalar los riesgos de psicologizar la violencia adultocéntrica, y remarcar cómo la injusticia epistémica por prejuicio de género, los mitos sobre la maternidad y los dobles raseros se cuelan en los debates médicos o legales.
Ello nos invita a pensar también en las relaciones entre la psiquiatría/psicología y la ley, en particular, la construcción de síndromes psi y su papel en procesos legales desde un punto de vista feminista (Raitt y Zeedyk 2000). Una mayor agencia de las pacientes, la insatisfacción con la atención médica convencional, la crítica feminista a los mitos maternos y la lucha de las “madres protectoras” constituyen un contexto cambiante donde, cada vez más, es el diagnóstico de SMP el contestado y en disputa (Weintraub, 2007).
Referencias
Alcoff, Linda (2018). Violación y resistencia. Prometeo.
Allison, David B. y Roberts, Mark S. (1998). Disordered mother or disordered diagnosis? Munchausen by proxy syndrome. Routledge.
Asher, Richard (1951). Münchhausen syndrome". The Lancet, 1(6650), 339-41.
Bates, Victoria (2019). Three is Murder: The Rise and Fall of Munchausen Syndrome by Proxy Experts. History, 104(359), 189-204.
Caplan, Paula J. (2012). Sex Bias in Psychiatric Diagnosis and the Courts. En Wendy Chan, Dorothy E. Chunn, Robert Menzies (ed.), Women, Madness and the Law (pp. 115-126). Routledge-Cavendish.
Chapman, John S. (1957). Peregrinating problem patients-Munchausen's syndrome. Journal of the American Medical Association, 165(8), 927-933.
Fricker, Miranda (2017). Injusticia epistémica. Herder.
MAMA (s.f.). Mothers against munchausens allegations (Links to literature on MAMA web site). Disponible en: http://www.msbp.com/published_articles.htm.
Meadow, Roy (1977). Munchausen syndrome by proxy the hinterland of child abuse. The Lancet, 310(8033), 343-345.
Raitt, Fiona y Zeedyk, Suzanne (2000). The implicit relation of psychology and law: Women and syndrome evidence. Routledge.
Raitt, Fiona y Zeedyk, Suzanne (2004). Mothers on trial: discourses of cot death and Munchausen’s syndrome by proxy. Feminist Legal Studies, 12(3), 257-278.
Rand, Deirdre C. y Feldman, Marc D. (1999). Misdiagnosis of Munchausen syndrome by proxy: A literature review and four new cases. Harvard Review of Psychiatry, 7(2), 94-101
Schreier, Herbert A. y Libow, Judith A. (1993). Hurting for love: Munchausen by proxy syndrome. Guilford Press.
Sherr, Virginia T. (2005). Munchausen’s syndrome by proxy and Lyme disease: Medical misogyny or diagnostic mystery? Medical hypotheses, 65(3), 440-447.
Weintraub, Pamela (1 de septiembre, 2007). Munchausen: Unusual Suspects. Psychology Today. https://www.psychologytoday.com/us/articles/200709/munchausen-unusual-suspects

