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Un ángel en mi mesa: timidez, escritura y "ese particular estado de libertad"


Un ángel en mi mesa es una película dirigida en 1990 por Jane Campion. Está basada en el libro homónimo y autobiográfico escrito por Janet Frame, poeta y novelista neozelandesa. El libro, así como la película, se divide en tres partes que coinciden con momentos vitales diferentes de la autora: La tierra del es, Un ángel en mi mesa y El mensajero de la ciudad espejo. En el primero, nos narra su infancia, dura y feliz, la disciplina tanto familiar como escolar, rígida y severa, regida por los castigos que contrastan con los aprendizajes y juegos fraternales, y la belleza de los campos neozelandeses. La segunda parte nos narra su experiencia con los hospitales psiquiátricos tras ser diagnosticada de esquizofrenia, junto con su relación vital y su devoción hacia la escritura, que de hecho viene a rescatarla de una lobotomía. La tercera parte nos relata sus viajes a París, Londres e Ibiza, en busca de una “habitación propia” como escritora profesional, acompañada de precariedad material pero también de momentos de libertad. Janet Frame ya había escrito otras dos novelas, bellas y descarnadas, sobre lo que Goffman llamaría “la mutilación del yo” tras sucesivos internamientos psiquiátricos: Owls do cry (1957), libro experimental donde mezcla poesía y novela; y Rostros en el agua (1961), novela de una prosa poética que se ajusta al contraste entre la belleza y la lucidez de la escritura y la subjetividad de la protagonista y la crueldad inhumana del encierro psiquiátrico y sus terribles condiciones. En un artículo en The Guardian, Jane Campion, neozelandesa también, cuenta cómo se sintió atrapada e identificada con las novelas de Janet Frame, especialmente, por el mundo interior de sus protagonistas femeninas, niñas sensibles e inteligentes, y su voz “poética, poderosa y predestinada”. También nos describe todo el aura “de admiración, pena y miedo” que rodeaba la figura de la escritora en su país debido al estigma de la “enfermedad mental” y el conocimiento público de sus ocho años ingresada en un centro psiquiátrico. A diferencia de sus libros anteriores, Un ángel en mi mesa (escrito entre los años 1982-1989) sí es reconocido por Frame como libro autobiográfico, probablemente como una forma de compensar los rumores sobre su vida. Tras “enamorarse” con su lectura, la cineasta decide ir “en busca de Janet Frame” y proponerle llevar a la pantalla su historia (una serie de televisión reconvertida a película dividida en tres partes que, a pesar de su duración, fue recibida con cariño y premios tras su estreno).


La timidez y la norma social


La primera parte de la película nos muestra el crecimiento y el desarrollo de la personalidad de la protagonista, una niña que crece entre claroscuros: entre la libertad y la belleza de los campos de Nueva Zelanda y la precariedad y la pobreza; entre la disciplina rígida de una familia atravesada por las normas patriarcales (los castigos físicos del padre, la sumisión de una madre abnegada, la represión sexual, etc.) y el mundo de juegos e imaginación con sus hermanas y hermano; entre una escuela que pone “contra la pared” la inteligencia infantil y segrega la diferencia (en forma de “mala conducta”) y el poder de un profesorado apasionado por la literatura y que transmite y contagia su devoción a una niña sedienta de imaginación y palabra. También en el cuerpo de la protagonista se refleja el contraste entre su cabello pelirrojo, indomable, que la hace visible allá donde vaya y su profunda timidez. Y es eso lo que parece ser “patologizado” y castigado en la película, y en la vida real de Janet Frame: esa mezcla de inteligencia, sensibilidad y timidez de la protagonista que la lleva a sentirse distante de las normas de género (respecto al sexo o el matrimonio) y de los convencionalismos varios que la rodean (en torno a conductas, ropas, etc.). Lo que se representa como una aparente “torpeza social” no es más que una timidez lúcida, que bulle y que constantemente es incomprendida en un mundo convencional donde se supone que hay que hacer lo que toca y relacionarse según las normas sociales. La timidez de la protagonista la hace más libre, pero con el coste social de rechazo, soledad e internamiento. Ya en la universidad, la sospecha de un intento de suicidio por parte de su profesor de psicología (quien recién había leído un ensayo autobiográfico de Janet), es justificación suficiente para “convencerla” (un psiquiatra trajeado se presenta en su casa) que “por su propio bien” debería pasar unos días en el hospital. Así, en contra de su voluntad, Janet es ingresada por primera vez en un psiquiátrico. Este primer ingreso le supondrá 8 años de encierro, más de 200 electroshocks y, por si fuera poco, encontrarse al borde de la lobotomía. Varias autoras feministas han denunciado la mayor aplicación de métodos físicos violentos como los electroshocks, la insulina o las lobotomías sobre pacientes mujeres (respecto a varones) debido a las menores consecuencias “prácticas” de los efectos secundarios respecto al ajuste a su rol pos-tratamiento. La mezcla de patriarcado y capitalismo estaría en la explicación: básicamente, un posible daño cerebral tendría poco efecto en un ama de casa si se compara con un “cabeza de familia” u hombre de negocios. Ello justifica también que se paralizara la lobotomía que estaba preparada para Janet Frame al conocer su psiquiatra que iba a recibir un premio literario nacional. Su productividad como escritora le salvó. Si dicho premio no hubiera aparecido (si no fuera buena escritora o simplemente no escribiera) parecería justificado que dicho tratamiento dañara su cerebro.


¿Un "mal diagnóstico"?


En la película sorprende que, mientras Janet se halla en otro ingreso, se resiste con firmeza a que le den el alta, y más adelante, intenta ser ingresada por voluntad propia. Momentos de desesperación, soledad y precariedad absoluta envuelven su día a día, a tal punto que cualquier cosa parece ser mejor, incluido el manicomio. Años después, otro psicólogo le hará saber que dicho estado es consecuencia de años de institucionalización psiquiátrica, y no de su propia persona. Mucho menos de la supuesta enfermedad que se le había atribuido y que la había llevado al encierro.


Janet es consciente así de que el diagnóstico de esquizofrenia le ha sido asignado “por error”. Un error más parecido a una injusticia, y que permite reflexionar sobre la arbitrariedad que ha acompañado a las categorías diagnósticas y a la clínica psiquiátrica durante su desarrollo como disciplina. Si bien la notificación del “error diagnóstico” causa indignación por todo lo sufrido “por un fallo”; ello no nos puede llevar a justificar las violencias del encierro y las intervenciones coercitivas en caso de “diagnóstico correcto”. Las biografías y referencias sobre la vida de Janet Frame, al igual que otras escritoras como Mary Jane Ward, insisten y subrayan que tal equivocación les causó “injustamente” años de institucionalización. Pero, más allá de esto, habría que realizar una revisión y crítica profunda a la clínica psiquiátrica, al sentido de sus diagnósticos y sus prácticas en sí mismas.


La escritura como práctica de libertad


Frente a un diagnóstico de “esquizofrenia crónica”, que le cierra las puertas a un trabajo de enfermera, será su amor por la escritura (acompañado de una red de cuidados y de condiciones materiales básicas) lo que permitirá a Janet mantenerse en ese particular estado de libertad, alejada de mandatos de género y de un mundo social demasiado estrecho para su imaginación.




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