Contrapsicología: ecos de críticas y cuestionamientos sobre la normalidad psi
- lalokapedia
- hace 3 días
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Si bien el espíritu de la Lokapedia es reivindicar el conocimiento y la cultura loca como forma de reparación epistémica, también nos parece importante colocar a las disciplinas psi y sus violencias como objetos de estudio y reflexionar sobre su poder conformador de subjetividades, su psicopolítica, y su efecto en las luchas colectivas. Por ello, recuperamos esta “reseña” del libro Contrapsicología. De las luchas antipsiquiátricas a la psicologización de la cultura, junto con la presentación de éste en la librería Traficantes de sueños. Contrapsicología es un libro colectivo publicado por Dado ediciones hace diez años, en 2016, que se planteó a su vez como segunda parte del libro Antipsychologicum. El papel de la psicología académica: de mito científico a mercenaria del sistema, publicado de forma colectiva en 2006 por la editorial Virus.
Hacemos esta publicación al hilo del debate generado por los Nuevos posicionamientos del Orgullo Crítico Madrid en junio de 2025 y toda la polémica en torno a su propuesta de “abolir la psicología” y la ola de respuestas defendiendo la psicología como disciplina y la terapia como práctica. También para seguir debatiendo más allá de dichos libros que no dejaban de tener una perspectiva bastante androcéntrica y muy poco queer, pero que sí introducían una reflexión crítica sobre la psicología como institución de poder-saber-subjetividad.
Nuestra intención es seguir debatiendo en colectivo, pero también sumarnos a la toma de conciencia sobre cómo se ha ido olvidando la crítica hacia lo psi en los activismos y, a la par, cómo se ha instaurado una cultura terapéutica casi como marca y garante activista (particularmente en activismos feministas y queer).
Aprovechamos para sugerir, junto con esta reseña, otros materiales que pueden aportar al debate. En la Lokapedia hemos publicado varios textos al respecto, algunos muestran cómo este debate ya estaba en los 70 con el miedo a que la consigna de “lo personal es político” se terapeutizara (es decir, que se volviera más una cuestión de consultorio que de transformación social); así como por la preocupación por el psicologicismo y la profesionalización psi en el feminismo, y las críticas de activistas locas al cuerdismo de psicólogas feministas:
1. La opresión de las mujeres y la opresión psiquiátrica. Por Judi Chamberlin. Un texto complementario a este, donde Chamberlin problematiza la psicoterapia feminista (aunque está en inglés), se encuentra en este enlace.
2. Activismo lesboloco y crítica al cuerdismo en el feminismo. Por Dee dee NiHera.
3. Convertir lo político en algo personal: cómo la psicología socava el activismo feminista. Por Tove Happonen.
4. Psicologización y profesionalismo ¿en la terapia feminista?: Un debate con Dorothy Tennov. Selección de fragmentos por Lokapedia.
También compartimos aquí otros textos relacionados: algunas publicaciones críticas sobre las “terapias del trauma” (que también hemos recuperado en la Lokapedia); textos de Laura Yustas sobre la cultura terapéutica en los feminismos; un texto de Patricia Rey Artime sobre la psicoterapia a la luz de las políticas locas; un fanzine de La Porvenir llamado La psicoterapia ha muerto; y varios otros textos del periódico El Salto, sobre el mismo tema.
1. Una crítica feminista a la terapia del trauma. Por Emma Tseris.
2. La psicoterapia desde otro lugar: sombras a la luz de las políticas locas. Por Patricia Rey Artime. En La psicoterapia ha muerto.
3. La psicoterapia ha muerto. Por Autoediciones La porvenir.
4. Abolir la psicología en tiempos de psicologización de lo cotidiano. Crítica a la psicología como institución de poder o por qué este tema merece un debate colectivo, también, en los activismos. Por Laura Yustas, Vicky Barambones, María Zapata y Dau García-Dauder. El Salto.
5. Feminismos a la deriva de la cultura terapéutica. Por Laura Yustas. El Salto.
6. Feminismos y cultura terapéutica. La tiranía de las emociones. Por Laura Yustas. El Salto.
7. Tiranías terapéuticas en los feminismos de base. Por Laura Yustas. AMSM.
Reseña escrita por Dau García-Dauder, presentada en Traficantes de sueños, del libro Contrapsicología. De las luchas antipsiquiátricas a la psicologización de la cultura, editado por Roberto Rodríguez López en 2016 (Dado ediciones).
Le doy mucho valor a la discusión colectiva más que a la lectura individual, la recomiendo especialmente con este libro, para que la psicología no sea (en palabras de Canguilhem) “una anti-filosofía que se dedica a adorar los hechos, a no pensar para no resistir”, una disciplina caracterizada por su falta de “autoconciencia reflexiva a la hora de explicitar las condiciones históricas que hacen posible su oferta de técnicas y servicios”. Es muy necesaria la teoría crítica en psicología, para “diagnosticar”, pero a la propia disciplina, y también a otras disciplinas psi, nombrarla como ciencia política tras el escáner cerebral, el spss o la bata blanca, repensar el efecto ideológico y político de la cultura psicológica.
En una charla, Amparo Serrano –participante en el libro- se preguntaba ¿cómo hemos pasado “de la justicia social al diván”?… Fernando Álvarez Uría se lo pregunta en su capítulo con otras palabras: cómo hemos pasado de Marx a Freud. La pregunta es cómo la cuestión psicológica de quién soy yo, o cómo puedo conocer mi yo interior, ajeno a lo social, ese yo psicológico y psicologizado, se ha impuesto culturalmente a la cuestión sociológica de cómo puedo transformar la sociedad.
Nikolas Rose, en el libro, nos dice: “La psicología proporciona una tecnología para que el individualismo sea operativo”. Y continúa: “Se constituye ideológicamente como ciencia mientras se realiza efectivamente como técnica”. Por ello “la psicología siempre será una ciencia social, una tecnología social, porque desarrolla técnicas de control racional basadas en el conocimiento del individuo, debe conocer su naturaleza individual y social para su gobierno”.
La psicología propone un concepto de yo y un concepto de salud políticamente interesados. Roberto Rodríguez analiza el papel de la psicología al servicio del proyecto cultural neoliberal, a través de cuatro dispositivos: la individuación y su idea de responsabilidad individual, la psicologización, la sanitarización y la gestión reflexivo-emocional. Yo añadiría, la cerebrización, o la reivindicación del cerebro como representante cultural de lo humano.
La historia, la historiografía más bien, nos ayuda a entender nuestra disciplina y su ideología. Los capítulos de Rose y de Óscar Daza nos recuerdan los orígenes de la psicología como “tecnología de individualización”, mediante “la creación de mentes calculables e individuos administrables”. Prueba de que la psicología no deja de ser ante todo una tecnología social ha sido la combinación tan perfecta, desde finales del XIX hasta nuestros días, de dos técnicas teóricamente contradictorias como la administración de test y la modificación de conducta. Los primeros, los test, desde teorías biologicistas, miden, clasifican, seleccionan y justifican el lugar de cada cual en el orden social. También diagnostican “desviaciones” o “anormalidades”. La segunda, conductista, modifica conductas para adaptar y normalizar. Con el test “se materializa la mente, el espacio interior invisible se hace visible, calculable y administrable”. Y la caja negra de la puntuación y todo el desarrollo de la psicometría nos distrae y tapa los horrores de la eugenesia, el racismo y el sexismo de la psicología con sus aplicaciones. Ejemplo de sexismo/homofobia fue la creación de los test de masculinidad/feminidad en los años 30, primero para convertir convenciones sociales en rasgos de personalidad esenciales, complementarios y excluyentes entre hombres y mujeres, después, para identificar desviaciones sexuales y aplicar tratamientos hormonales y de modificación de conducta a homosexuales. En definitiva, la psicología y los psicólogos han sido un efectivo método de control social y de adaptación del individuo a la sociedad.
Óscar Daza afirma: “No podemos ayudar a que otros mejoren si no tenemos claro qué significa mejorar. Si no explicitamos la moral que seguimos, estaremos encubriendo una ideología concreta en la supuesta objetividad científica. ¿Cuál es la moral de la psicología actualmente?” Y responde: el sano es el que se adapta a las normas de la sociedad, pero el concepto de salud mental está más asociado al de adaptación social que al de normalidad estadística. Ya que solo los extremos desadaptativos preocupan al orden social.
La NORMA ha sido clave para la eficacia técnica de la psicología. Como señala Vázquez, siguiendo a Canguilhem, las normas psicológicas proceden de la normatividad de los requisitos institucionales (de la empresa, de la escuela, etc.), no se derivan del conocimiento de la mente humana. Lo que ha hecho la psicología ha sido acomodar las normas de la deseabilidad socio-política e institucional con los recursos de la estadística. La salud se ha ligado a un proyecto de normalización sin referencia a la normatividad de su objeto, contiene una teoría de la patología sin una teoría de la normalidad.
Para Vázquez, el psicólogo predica el ajuste de los sujetos a la realidad vigente. Identifica la salud mental con el conformismo y la terapia como práctica de apaciguamiento. El psicólogo se convierte en un técnico especializado en adaptar al ser humano a un medio socio-técnico que afronta como si se tratara de un medio natural. Todo desafío a dicho orden es establecido como una enfermedad. La locura se convierte así en un problema de orden público y el psicólogo en un policía al servicio de la adaptación y la normalidad –“antidisturbios”-. Como dice Julio Rubio, la psicología en entornos jurídicos o laborales, al servicio de los poderes económicos y políticos, gana poder pero pierde capacidad crítica e independencia, se convierte en la “casta psicosocial” -en sus términos-, cuya profesión requiere el distanciamiento psicológico óptimo para aplicar sus técnicas, y a veces genera violencias, la “banalidad del mal”…
Pero el problema, como dice López Petit, es que “estamos enfermos de normalidad”, de soportar tanta normalidad miserable, y el cuerpo se rebela y utiliza la enfermedad como grito. En lugar de escuchar y procurar espacios posibles para “las anomalías intempestivas”, inventar otras normas vitales, abrir o romper la norma que enferma, la psicología ofrece como solución terapéutica más ajuste a la norma, a la misma norma que nos produce malestar. Y mientras, asistimos a la burbuja epidemiológica de los trastornos mentales, el DSM como texto tóxico que dice Rendueles: a la caza de sufrimientos cotidianos para inventar diagnósticos que den salida a fármacos.
Ian Parker en su capítulo “locura, capitalismo y justicia social” nos habla de la resignificación política de la locura. La locura es política. La justicia social solo es posible si la experiencia de aquellos sobre los que se ha teorizado comienza a ser escuchada en toda su complejidad y contradicción. La locura debe ser escuchada en condiciones de horizontalidad, descubrir su significado. Escuchar las voces de la locura para el diagnóstico de una realidad social enferma. El “canario de la mina” como ya nos advertía la activista loca Patricia Rey hace muchos años. Teresa Cabruja nos insta en este libro a recuperar los testimonios de reescritura que muchas mujeres diagnosticadas hicieron con lo que tenían, con sus artivismos sanadores. También, en un ejercicio de memoria histórica, nos anima a nombrar y reconocer las violencias de género que la psicología y la psiquiatría han realizado sobre las mujeres.
Con la individuación, según Eduardo Crespo y Amparo Serrano, se crea un nuevo tipo de sujeto de derechos que es el único responsable de sí mismo, de su situación y de su destino (también de sus malestares). Esta liberación de los vínculos comunitarios, le lleva al aislamiento político y a la vulnerabilidad social. La noción de interdependencia es secundaria. Para Jan de Vos, se fetichiza y glorifica al individuo liberalizado y psicologizado: el núcleo explicativo de este sujeto son sus procesos psicológicos (una mente individual, intrapersonal y asocial, o bien su cerebro). Además, es obligado a ser su propio experto, a gobernase a sí mismo, gestionar su capital, bajo la ilusión de que puede escapar a las restricciones y regulaciones sociales.
Este énfasis en la responsabilidad del sujeto, vulnerabiliza al individuo, desplaza la solidaridad colectiva, y despolitiza la expresión de su malestar. Se hace responsable al propio sujeto de situaciones como la precariedad y la exclusión social: se refuerza la responsabilidad y agencia del sujeto frente a unas condiciones que el sujeto no puede modificar. Como consecuencia tenemos a una persona avergonzada, deprimida, no una luchadora o activista.
Y con la psicologización, transformamos problemas sociales en problemas individuales. El recurso a explicaciones psicológicas o psicobiológicas aplicadas sobre fenómenos con raíces claramente sociales o políticas. En palabras de Jan de Vos: “La doctrina terapéutica ha vaciado al sujeto de su contenido comunitario y político, y cada vez es más difícil conectar al sujeto privado con su esfera pública”. Julio Rubio pone un ejemplo: “En un reportaje de Punset, se afirma que el 20% de los presos son psicópatas; yo, que voy todos los fines de semana a visitar chavales a la cárcel, me encuentro con un 100% de pobres. No deberíamos intentar explicar con psicología y psiquiatría lo que fácilmente se explica con economía”. Otro ejemplo de desfachatez psicologicista: mientras en la Puerta del Sol, varias mujeres están haciendo huelga de hambre para que se luche contra los asesinatos a mujeres y las violencias micro y macro machistas, el ministro del interior responde con que se está estudiando el perfil psicológico de los agresores, patrones de conducta para entender sus mentes. Julio Lillo señala el desconcierto de nuestra época: psicólogos haciendo de policías y policías haciendo de psicólogos, dando charlas en institutos sobre prevención de violencia de género y buscando la raíz del machismo en patrones de personalidad psicopática. ¿Cómo se puede luchar frente a la violencia machista sin hablar de poder? Se habla de control de impulsos, de falta de habilidades sociales, de pobre control de la ira, mala gestión de emociones (los hombres tienes que llorar), de patrones de personalidad, pero no de relaciones de poder y dominación masculina.
Me preocupa la psicologización de lo político, del propio activismo. Como dice López Petit, cuando ponemos la terapia y la política en relación, todo se complica. Por un lado, y siguiendo a Petit, “si toda politización es un proceso de auto-transformación que nos hace más libres, en ella existe necesariamente algo terapéutico”, politizarse significa “ser afectado”, o en palabras de Patricia Rey el “activismo sana” (o diría Paula Tomé, un “curactivismo”). Pero lejos de buscar el activismo como forma de sanación, cada vez más nos encontramos a los y las activistas en terapia. Algo falla si tenemos que conocernos en terapia para poder militar sin conflicto. También hay que estar alertas de la psicologización del lenguaje político: ya no hablamos del poder comunitario, el que emana de lo social, hablamos de empoderamiento, de un poder que surge dentro del individuo; la resistencia colectiva se ha reducido a resiliencia individual, un rasgo de personalidad que solo tienen unos privilegiados, pero que si no lo tienen las víctimas se convierten en “pasivas”; la violencia es “estrés de minorías” y, con ello, de nuevo la lupa se pone en las estrategias de afrontamiento de éstas y no en las violencias sociales. Lo “personal es político” se ha convertido en lo político es personal y psicológico.
Y, mediante el acceso privilegiado de la psicología a la cultura popular y la divulgación científica, se nos impone la psicología positiva y sus técnicas para ser felices, asumiendo -como dice Rendueles- que las condiciones para la felicidad están ya dadas: si no te sientes feliz, es porque no gestionas bien tus emociones, no consigues aceptar lo que no puedes cambiar, fallan tus estrategias de afrontamiento o no escuchas a tu cuerpo lo suficientemente. La gestión emocional es fundamental, el trabajo con las emociones, la regulación, disciplina y auto-control de la conducta emocional, pero no se explicita la política económica de las emociones, cuáles se regulan y en qué espacios: emoción-empresa, emoción-terapia, emoción-activismo. Para la psicología, la protesta, la queja –ya no digamos el grito- enferma, es un “darle vueltas” poco adaptativo, una mala estrategia de afrontamiento (entendida siempre como queja individual, nunca social). La pregunta que lanzo aquí, es qué espacio para la crítica o para la transformación social hay en terapias como las de tercera generación: aceptación y compromiso (¿compromiso con la aceptación?) o el mindfullnes (centrarse en un presente sin juzgar, ¿a qué nos lleva?).
Al menos la gestión de los afectos implica un yo psicológico, porque la neurocultura ya ha reducido la mente al cerebro; pero no por ello lo neuropsi deja de ser una ciencia social, una ciencia para el gobierno del yo. Recientemente, un documental de la National Geographic nos hablaba de la Revolución de género a la que asistimos, pero no se trata de activismos sociales, de la calle, del grito de protesta ante las violencias, se habla de cerebros. La revolución del género la hace el cerebro. La pregunta es si tendremos que cambiar el cerebro para cambiar el mundo.
Como ha divulgado obsesivamente Punset –y analizamos Patricia Amigot y yo en nuestro capítulo- el cerebro es el protagonista explicativo de las cuestiones fundamentales de la humanidad: el origen y evolución del hombre, la felicidad y el amor, también las desigualdades de género. Estamos ante la cerebrización de las relaciones de poder y la desigualdad: el neurosexismo. En el paso directo del cerebro a las conductas, la persona desaparece, se “cerebriza lo humano” y se psicologiza al propio cerebro. Los elementos biológicos aparecen como agentes causales de forma directa y unidireccional de conductas sociales (de género). Lo biológico aparece como un agente psicologizado o adjetivado socialmente. Porque ahora son los circuitos cerebrales, las neuronas, las que “escogen” y “eligen”, las hormonas las mensajeras que ejecutan, y todo ello bajo las órdenes de una naturaleza personificada con intenciones, que diseña y programa el dualismo sexual al servicio de la reproducción, sin margen para otros caminos o diversidades. En los programas de Punset, las células tienen personalidad y funciones sociales, los óvulos se “implican en el cuidado” y los espermatozoides “compiten aguerridos por una pareja”. Lo psicológico y lo social se funden en lo biológico como actor protagonista de la diferenciación sexual.
Es el “seductor encanto de la neurociencia”, el “neuro-realismo”: mediante saltos mortales inferenciales, se deducen estados psicológicos o roles masculinos y femeninos de manchas coloreadas en imágenes de cerebros. Se identifican diferencias cerebrales y se infiere que se deben a causas innatas, resistentes al cambio o inamovibles. A ello se le suma el reduccionismo, incapaz de dar cuenta de la diversidad de conductas, deseos y procesos de género; y el esencialismo, que reifica sexos y sexualidades como sustancias fijas o propiedades de los individuos más allá de acciones, contextos o relaciones de poder. Lejos de la retórica de la neutralidad, el cerebro sexuado es claramente un recurso político. En la medida en que las personas se distancian de explicaciones sociales y estructurales sobre las desigualdades de género, y estas son interpretadas como diferencias naturales, se genera un efecto inmovilizador, al extenderse la creencia de que son inevitables y fijas, abandonándose por tanto la idea de transformación social. En la actualidad, conviven paradójicamente y sin conflicto el discurso neoliberal de la libertad de elección, con el neurosexista de la determinación cerebral, excluyendo ambos la dimensión social en la comprensión de la subjetividad. Solo podemos comprender esta aceptación teórica del cerebro como representante cultural de lo humano, desde una ideología occidental y moderna que entiende el sujeto (y la subjetividad) como ente individual, autónomo y separado de su contexto.
Jan de Vos va más allá y se pregunta por el paso de la neuropsicologización al bigdata ¿es el final de la crítica, al no haber ya conocimientos y saberes que podamos criticar? ¿Estamos ante un saber sin sujeto, biomolecular o biodato, donde no hay nadie al volante, donde no importa no saber, porque ya los datos dirigirán nuestros comportamientos y consumos?

