Los Gloria Films: Lo que la psicología pudo aprender de Gloria Szymanski y no hizo…
- hace 12 horas
- 17 min de lectura
Dau García-Dauder
De experimento pedagógico y demostración terapéutica a fenómeno cultural
Los llamados “Gloria Films” corresponden a la serie Three Approaches to Psychotherapy, producida por el psicólogo californiano Everett L. Shostrom en 1964 y distribuida por Psychological & Educational Films en 1965. Shostrom reunió a tres de las figuras más influyentes de la psicoterapia norteamericana, Carl Rogers (desde el humanismo), Fritz Perls (desde la Gestalt) y Albert Ellis (desde lo cognitivo conductual), para filmar una serie de entrevistas con una misma participante: Gloria Szymanski, una mujer trabajadora y divorciada, de treinta y un años, y madre de una niña pequeña. El objetivo era mostrar a estudiantes y profesionales cómo diferentes escuelas terapéuticas abordaban un mismo problema clínico.
Las grabaciones se realizaron aprovechando la presencia de los tres terapeutas en la convención de la Asociación Americana de Psicología (APA) celebrada en Los Ángeles en 1964 (Martin, 2026). En un único día, Gloria pasó de una entrevista a otra, atravesando tres estilos terapéuticos diferentes. Cada película incluía una presentación teórica del terapeuta, una sesión de aproximadamente media hora y un comentario posterior sobre la efectividad de la intervención.
Si bien estas grabaciones fueron concebidas como material pedagógico, terminaron teniendo una enorme influencia cultural y profesional, siendo utilizadas durante décadas (y todavía hoy) en la formación de psicólogos y psicoterapeutas (Martin, 2026). Desde una mirada crítica, su valor actual reside, no en lo que enseñan sobre psicoterapia, sino en lo que permiten para criticarla: documentan la historia de la cultura terapéutica norteamericana; la construcción de la feminidad en las clases medias de los años sesenta (la sexualidad y la maternidad); las relaciones de poder terapeuta-paciente y los peligros de la masculinidad “neutra” terapéutica; la (poca) ética de la disciplina y sus profesionales (respecto a consentimiento, privacidad); pero también un proceso de búsqueda de justicia y reparación tras las implicaciones de convertirse en un “objeto de culto” sin querer.
En 2008, Pamela Burry, hija de Gloria, escribe Living with ‘The Gloria Films’. A daughter's memory. En el libro, reconstruye la vida de Gloria y describe el impacto que tuvieron las películas sobre su madre y su familia. Con ello desplaza el foco desde los terapeutas hacia las consecuencias biográficas para la persona filmada, convertida en objeto de observación y material pedagógico permanente de la psicología. La literatura tradicional se había centrado en Rogers, Perls y Ellis como grandes figuras masculinas (y quién era mejor), mientras que Gloria aparece reducida a mero instrumento pedagógico. Pero, con el libro, Burry cambia las tornas de sujeto y objeto de conocimiento: convierte a Gloria en sujeto con agencia y a los terapeutas y “su psicología” en objetos de estudio.

Como critica Burry (2008), el proyecto de Shostrom respondía al deseo de producir, en poco tiempo, una demostración pública de la eficacia de determinadas teorías psicológicas (aparte de responder a sus propios intereses profesionales). Lo importante no era tanto acompañar a una persona en un proceso terapéutico real como mostrar quién provocaría “la gran respuesta”, la más auténtica o reveladora en “la paciente”. Posteriormente, decenas de investigaciones contabilizarían preguntas, interrupciones, interpretaciones, silencios o gestos corporales, como si las cintas constituyeran un laboratorio privilegiado para el estudio de la psicoterapia (por ejemplo, Hill et al., 1979; Meara et al., 1979, 1981; Essig y Russell, 1990). Se analizaron las respuestas de Gloria, sus reacciones, su personalidad; se debatió qué terapeuta la había ayudado más, mientras su propia voz quedó ausente de la literatura profesional.
El contexto histórico resulta igualmente importante. Las películas fueron producidas en EEUU, en plena década de los sesenta, en un momento de expansión de la psicología humanista y de nuevas formas de exploración emocional y personal. Como ha señalado Eva Illouz (2007), aquellos años constituyeron un momento decisivo en el encuentro entre la psicología y determinadas formas de feminismo centradas en la expresión emocional, el autoconocimiento y la transformación personal. Las grabaciones ocurren poco después de la publicación de La campana de cristal de Sylvia Plath o la Mística de la feminidad de Betty Friedan, y antes de la explosión de la “segunda ola” feminista de los 70 del norte global. Los Gloria Films son, en este sentido, un documento privilegiado de su época. Gloria aparece en ellos encarnando algunos de los dilemas fundamentales de las mujeres norteamericanas, clase media, blancas, heterosexuales de la época: la tensión entre maternidad y deseo sexual, la culpa asociada a la libertad femenina, la preocupación por la respetabilidad y el temor al juicio social.
La masculinidad terapéutica: tres estilos, una misma psicologización del malestar
Los Gloria Films suelen presentarse como una demostración de tres formas distintas de entender la psicoterapia. Sin embargo, los tres psicólogos compartían varios posicionamientos: la ilusión de neutralidad; traducir los mandatos de género en conflictos intrapsíquicos; y no reconocer el conocimiento que había en las palabras de Gloria. Constantemente, Gloria aparece intentando comprender sus sentimientos de culpa, vergüenza y conflicto asociados a su sexualidad y a su identidad como madre, pero ninguno de los tres explora cómo estas emociones pueden ser producto de mandatos de género, dobles vínculos normativos o relaciones de poder más amplias.
Que todos los psicoterapeutas sean hombres y Gloria una paciente femenina no es poco relevante, representa cómo el género y la autoridad se han distribuido de forma diferencial en una disciplina, paradójicamente, feminizada (quién ha ocupado históricamente las posiciones de sujeto y objeto de conocimiento). Ello nos permite analizar las masculinidades terapéuticas y sus ejercicios de injusticia epistémica en las tres sesiones (ya sea en Rogers como facilitador, en Ellis como instructor o en Perls como controlador). Si bien para muchos y muchas, es Gloria la verdadera protagonista de Tres enfoques de la psicoterapia, por su coraje e inteligencia, no es ella la que controla lo que sucede en las sesiones.
Rogers: paternalismo y empatía sin contexto
La entrevista de Carl Rogers suele considerarse la más respetuosa y empática de las tres. Rogers escucha, refleja sentimientos, utiliza silencios y construye una atmósfera de aceptación que Gloria parece experimentar como acogedora. Sin embargo, una lectura crítica permite cuestionar la aparente neutralidad de esta posición.
A lo largo de la sesión, Gloria expresa sentimientos de culpa por sus deseos sexuales, por llevar hombres a casa y por no corresponder al ideal de madre perfecta. Rogers reconoce el conflicto entre sus deseos y su autoimagen, pero evita interrogar los orígenes sociales y culturales de dicho conflicto. Cuando Gloria afirma que hay algo en su interior que le dice que es malo tener determinadas necesidades físicas, Rogers se centra en el problema de la autoaceptación, no en la construcción social de esa culpa. La pregunta deja de ser por qué una mujer divorciada de los años sesenta experimenta vergüenza ante su sexualidad, y pasa a ser cómo puede aceptarse mejor. La dimensión política del problema desaparece. El conflicto entre maternidad y deseo sexual queda traducido a un conflicto interno.
Además, aunque Rogers adopta un estilo relativamente horizontal, la relación conserva elementos paternalistas. Gloria busca orientación concreta y plantea preguntas explícitas sobre las posibles consecuencias de ser honesta con su hija, mientras Rogers reconduce constantemente la conversación hacia la exploración de sus sentimientos. El resultado es una forma de ayuda que parece neutral, pero que privilegia determinados ideales psicológicos —autenticidad, autoaceptación, etc.— sin cuestionar las condiciones sociales que generan el sufrimiento.
Ellis: racionalidad y la corrección de pensamientos como forma de autoridad
Si Rogers representa la empatía paternalista, Albert Ellis representa la autoridad experta y directiva. Su intervención parte de la premisa de que el malestar de Gloria deriva de creencias irracionales que deben ser identificadas y corregidas. Desde el inicio adopta una posición claramente jerárquica, interrumpe con frecuencia y acapara la conversación.
Ellis interpreta los problemas de Gloria desde un marco cognitivo predefinido: las emociones negativas no aparecen como respuestas comprensibles a mandatos de género contradictorios, sino como consecuencia de esquemas de pensamiento defectuosos. La culpa, la ansiedad o la inseguridad son reconducidas hacia errores cognitivos individuales: generaliza y catastrofiza demasiado. Ellis omite el contexto y la experiencia específica de las mujeres en una sociedad atravesada por expectativas de género. La propia Gloria utiliza expresiones que remiten a estereotipos de feminidad y autodesvalorización, pero Ellis no explora el origen social de esas ideas.
Ellis utiliza expresiones sexistas, realiza comentarios basados en estereotipos sobre las mujeres e incluso formula recomendaciones que ignoran la asimetría de poder existente en determinadas relaciones. Lejos de cuestionar los valores sociales que generan el malestar, contribuye en ocasiones a reproducirlos. El resultado es una terapia que transforma la opresión social y la desigualdad estructural en distorsión cognitiva o error psicológico individual.
Perls: soberbia, control y violencia relacional
La entrevista con Fritz Perls es probablemente la más reveladora en cuanto a las dinámicas de poder terapéutico. Perls afirma promover la autenticidad y el contacto genuino, pero gran parte de la interacción está marcada por interrupciones, descalificaciones, imposición de significados y control de la situación conversacional. Cuando Gloria expresa sentirse intimidada o inferior, Perls no explora la relación de poder existente entre ambos ni las razones de ese temor. Tampoco es nada consciente de su presencia corporal. Por el contrario, interpreta sistemáticamente esas reacciones como señales de falsedad, dependencia o falta de autenticidad. El problema deja de ser la situación relacional concreta para convertirse en una característica interna de Gloria.
Resulta significativo su tratamiento de la comunicación no verbal. Perls observa obsesivamente los movimientos corporales, las sonrisas o los gestos de Gloria y les atribuye significados que ella no siempre comparte. Cuando Gloria intenta discutir estas interpretaciones o señalar cómo está viviendo la interacción, él invalida repetidamente sus percepciones. A modo de injusticia epistémica, la experiencia de Gloria pierde legitimidad frente a la interpretación del experto; y de injusticia afectiva, solo la “mascarada” de seguridad de Gloria es validada por el terapeuta.
La paradoja alcanza su máxima cuando Perls exige a Gloria que sea genuina y deje de ser falsa, pero simultáneamente define él mismo cuáles son las emociones auténticas y cuáles no. Gloria solo recibe validación cuando responde conforme a sus expectativas. Si discrepa, teme, duda o busca aprobación, se convierte en alguien que “juega a ser estúpida” o que actúa de forma falsa. El imperativo de “ser auténtica” funciona así como forma de control relacional difícil de responder o cuestionar.
Además, Perls ignora completamente la dimensión de género del problema. No analiza por qué una mujer en el contexto histórico y social de Gloria puede haber aprendido a ocultar la ira, la vergüenza o la vulnerabilidad, ni cómo determinados mandatos de feminidad influyen en la expresión emocional. En lugar de ello, interpreta estas conductas como signos de debilidad o falta de autenticidad.
En definitiva, los tres psicoterapeutas y sus enfoques individualizan y psicologizan los malestares de Gloria, sin considerar el papel de las relaciones de poder y género: Rogers lo traduce a una cuestión de autoaceptación; Ellis a una cuestión de creencias irracionales; Perls a una cuestión de autenticidad. Aquello que parece más evidente para una lectura actual -al menos, una feminista-, permanece oculto para los tres: los malestares de género. La dimensión social del sufrimiento queda absorbida por el lenguaje psicológico y sus dinámicas.
Paradójicamente, a lo largo de las entrevistas, es Gloria quien parece mostrar mayor conciencia de las dinámicas relacionales que se están produciendo. No solo habla de sus emociones, también intenta explicar qué está ocurriendo entre ella y el terapeuta. Describe sentimientos de intimidación, señala diferencias de poder, expresa la sensación de ser juzgada y trata de aclarar cómo está interpretando determinadas intervenciones. Esto resulta especialmente visible en la sesión con Perls, pero puede observarse también en las otras dos. No obstante, sus observaciones son rápidamente reinterpretadas por los terapeutas como parte del propio “problema psicológico” de Gloria. Su conocimiento sobre la situación queda subordinado al conocimiento que el psicólogo afirma tener sobre ella.
Quizá una de las lecciones más interesantes de los Gloria Films sea precisamente esta inversión de la mirada. Desde una perspectiva crítica actual, permiten observar algo incómodo: cómo tres de los terapeutas más influyentes del siglo XX, intentando interpretar con sus teorías “la vida interior” de una mujer, son incapaces de captar las condiciones sociales que dan forma a su sufrimiento o las relaciones de poder presentes en la propia situación terapéutica. Algo que ella sí hace. Inevitable pensar cuán distinta habría sido su experiencia si Gloria hubiera caído en un grupo de autoconciencia feminista de los 70.



Imagen de las tres sesiones con Gloria y Rogers, Ellis y Perls (de arriba a abajo).
La (poca) ética de la psicología: de paciente a objeto público de conocimiento y espectáculo
Living with the Gloria Films nos permite acceder a la otra cara de esta historia que no terminó cuando acabó el rodaje. Por el libro sabemos que, previo al proyecto, Everett L. Shostrom (el productor de los tres videos) fue terapeuta de Gloria, y Miriam Shostrom, su pareja, fue terapeuta de su hija Pamela. También conocemos las relaciones, como colegas profesionales, entre Shostrom y Rogers, Perls y Ellis. Aprovechando dicha confianza, el psicólogo le propuso a Gloria participar en las cintas. En palabras de Gloria:
“Cuando se me planteó la posibilidad de ser una paciente entrevistada por tres psicólogos diferentes, que sería filmada y utilizada con fines educativos, vi la situación como una especie de reto secreto para mí misma. ‘Vale, Gloria, ¿cómo de real eres?’. Sin preparativos ni explicaciones, entré en una atmósfera de luces, cámaras, miembros del equipo y un escenario artificial con tres hombres a los que no conocía de nada y me dijeron simplemente que ‘fuera yo misma’. Hablando de realismo y espontaneidad, esto sí que era una prueba” (Gloria, en Dolliver et al., 1980, p.66).
Según el relato de Pamela Burry (2008), Gloria aceptó participar voluntariamente en un proyecto que se presentaba como una herramienta educativa para estudiantes y profesionales. Sin embargo, con el paso del tiempo, el uso de los filmes trascendió lo académico, difundidos en contextos no previstos originalmente: en teatros, cines y en televisión, perdiendo el control sobre su circulación y comercialización.
En el libro, Burry describe cómo, siendo adolescente, asistió junto a su madre a una clase universitaria en la que ambas contemplaban los vídeos mientras una profesora analizaba públicamente las conductas y emociones de Gloria. Durante décadas, las películas siguieron circulando por universidades, congresos y programas de formación, convirtiendo a Gloria en un personaje-caso observado y analizado. Uno de los episodios más significativos relatados por Pamela fue descubrir una mañana, mientras desayunaban, que las cintas estaban siendo retransmitidas por televisión sin que la familia hubiera sido informada previamente. No parece que Shostrom hiciera nada al respecto (de hecho, en 1978 lanzó Tres enfoques de la psicoterapia II con Rogers y Lazarus). Como describe su hija, la vida de Gloria parecía haber quedado congelada para siempre en las imágenes filmadas en 1964. Su relato plantea problemas éticos obviados en los análisis “científicos” de las cintas y que todavía hoy la psicología evita abordar: ¿qué significa pasar décadas siendo observada, interpretada y enseñada como “la paciente Gloria”? ¿Qué nos enseña sobre los problemas de reducir vidas y biografías a casos estáticos para formación?
Gloria intentó detener la distribución de los filmes años después de su estreno. En 1977 presentó una demanda judicial contra Shostrom y su productora con el objetivo de impedir nuevas distribuciones y obtener una compensación económica. Aunque se informó a Gloria que las cintas solo tendrían fines pedagógicos, en verdad firmó un documento de exención de responsabilidad en el que se indicaba que se podrían usar para cualquier propósito, incluido el comercial. Por ello, la demanda no prosperó. Desde una perspectiva ética, ello nos plantea la necesidad de un “consentimiento continuado” (más allá del inicial): ¿Puede una persona prever las consecuencias que tendrá una grabación años después? ¿Puede un consentimiento firmado en 1964 justificar una circulación permanente del material durante generaciones? ¿Existe algún derecho posterior a retractarse o limitar la difusión?
Por contextualizar, hablamos de una época en la que estaban normalizadas la presentación pública de casos, la no confidencialidad, pero también las relaciones afectivas y sexuales paciente-terapeuta. No fue hasta los 70 que las feministas impusieron la norma ética que las prohibía.
Lo que estaba en juego no era únicamente la propiedad legal de unas grabaciones, sino la capacidad de una persona para mantener algún control sobre su propia imagen y sobre aspectos profundamente íntimos de su vida. Pero el problema ético más profundo no era solo jurídico, también epistemológico. Durante décadas, Gloria fue interpretada, analizada y clasificada por generaciones de psicólogos. Sin embargo, su propia voz permaneció ausente. Como señala Pamela Burry (2008), otros hablaron por ella, mientras su experiencia vital continuaba desarrollándose fuera del encuadre de las películas. Un acontecimiento cambió esta situación.
El incidente de Perls y la agencia y voz de Gloria
Pamela Burry (2008) describe el acoso de psicólogos con peticiones constantes y de dudosa ética para que, tanto Gloria como Pamela, escribieran sobre la vivencia de las cintas. Dos años antes de su muerte (en 1979), Gloria recibió una propuesta de participación: le proponían escribir, desde su perspectiva, sobre la entrevista con Perls. Tras dudarlo y comentarlo varias veces con su hija, decidió escribir “Comments on the interview with Perls”: página y media firmada con su nombre donde, finalmente, contó su desagradable experiencia con el considerado “padre de la Gestalt”. El artículo con su contribución ("The art of Gestalt therapy: or What are you doing with your feet now?”) se publicó en 1980 en la revista Psychotherapy: Theory, Research & Practice. Burry (2008) señala que el artículo fue rechazado previamente en las revistas Journal of Counsueling Psychology y en la American Psychologist bajo el argumento de que las afirmaciones de Gloria sobre Perls eran demasiado duras. Incluso un revisor llegó a dudar de la “clase de persona que se presenta voluntaria a unas grabaciones”. Pamela Burry describe lo que implicó dicho escrito:
“Por primera vez desde el comienzo de las cintas, Gloria la paciente se convertía en Gloria la persona. Hasta ese tiempo la privacidad era la preocupación: ocultamiento, confidencialidad. Para el espectador, la individualidad y complejidad de Gloria habían estado unidas a su imagen en la pantalla. Atrapada en el tiempo, en el encuadre. Incapaz de librarse porque, sencillamente, no había podido alzar su voz y, como consecuencia, otros habían hablado en su lugar. Historias y rumores sobre su vida. Psicólogos y profesores analizando las cintas de acuerdo con lo que pensaban que Gloria necesitaba, quería o era capaz. Profesores y estudiantes formándose opiniones sobre ella (…) La única evolución de la película tuvo lugar fuera de las cintas (…) Mientras, Gloria había crecido, cambiado, vivido. (…) Al contar el episodio con Fritz, Gloria dio amplitud a las cintas, las hizo reales y, sobre todo, ella se hizo real. Se hizo dinámica, procesual. La mujer en el sofá finalmente reivindicó su propia voz. Salió del encuadre” (2008, p.66-67. Énfasis en el original).
Como escribió su hija, “gracias” al episodio con Perls tuvo la oportunidad de, trece años después y antes de morir, hablar por ella misma y escribir esa página y media. Después de verse en TV y en el cine, humillada y utilizada, y perder el pleito legal, escribir el comentario sobre Perls implicó, al menos, tener algo de agencia. Una cierta defensa y reparación. También el apoyo de Rogers lo fue; quien, con diferencia, tuvo la mayor implicación e impacto en la vida de Gloria tras el rodaje. Por primera vez, la “paciente” se convertía en autora y sujeto de conocimiento: dejaba de ser un objeto observado para intervenir activamente en la interpretación de aquello que había vivido. Como escribió Burry (2008), la mujer congelada en el sofá finalmente recuperaba parte de su voz. También ella lo pudo hacer escribiendo en su libro lo que implicó vivir como hija con los Gloria films.
Reproducimos de forma casi íntegra (y sin comentarios) cómo vivió Gloria la interacción con Perls:
“Durante la parte de la película protagonizada por Perls, fui consciente de que me encontraba a la defensiva, llena de desconfianza, confusión y sospecha ante el enfoque y la reacción (o, más apropiadamente, la no reacción) del terapeuta hacia mí. Tenía miedo de que me atacara y me molestaba la posición en la que me encontraba. Lo que más necesitaba en ese momento de mi vida era permiso para ser yo misma. En lugar de ello, me encontré con Perls en un círculo vicioso de juego, de tener que responder a la demanda de una manera específica, de estar atrapada en ganar aprobación, primero sabiendo y después dando la respuesta esperada. Aunque en aquel momento no entendía el porqué, sí era consciente de cómo me sentía: pequeña, menospreciada, sin importancia, confusa... carecía de totalidad. En cierto sentido, al final de aquella breve sesión me sentí un poco destruida. Si ese encuentro de veinte minutos (y ciertamente sentí que fue un encuentro) hubiera sido con otro amigo o conocido, supongo que habría pensado: ‘Qué triste: esta persona ha estado tan ocupada mirando y analizando las partes de mi cuerpo (los movimientos de mi pie, mis brazos cruzados, el gesto inconsciente de mis manos) que no ha sido capaz de verme’. (…) El conocimiento del lenguaje corporal es una pequeña herramienta útil para comunicarse; pero su valor se pierde si se utiliza para destruir en lugar de ayudar en la comunicación. (…) En su resumen de evaluación, el Dr. Perls afirmó: ‘Interrumpí la sesión cuando empezaron a aparecer las primeras lágrimas’. Me pregunto por qué interrumpió la sesión en ese momento. ¿Era una competición sobre quién tenía el control? ¿Eran mis lágrimas menos parte de mí o tenían menos importancia que mis movimientos de pie? ¿Fue aquella sesión un verdadero ejemplo de Terapia Gestalt? ¿Gestalt significa totalidad? Cuán destrozado se sintió todo mi ser después de aquella sesión y aún quedaba más por venir, insignificante quizá para algunos, no para mí. Después de un día entero de rodaje, el cansancio era evidente en todos nosotros. Los doctores, la secretaria, el productor, los cámaras y yo estábamos en el vestíbulo despidiéndonos, dando las gracias, etcétera. El Dr. Perls estaba a mi lado fumando un cigarrillo, charlando con el Dr. Ellis, cuando de repente me di cuenta de que estaba escudriñando la sala con la mirada. Entonces me hizo un gesto con las manos como diciendo: ‘Extienda la mano en forma de copa -con la palma hacia arriba’. Inconscientemente seguí su petición, sin saber muy bien a qué se refería. Me tiró la ceniza del cigarrillo en la mano. ¿Insignificante? Podría serlo, si a una no le importa que la confundan con un cenicero. ¿Los ceniceros mueven el pie? (…) Trece años después me doy cuenta de que sigo siendo Gloria. Ya no soy una camarera o una divorciada, ya no pongo a los Fritz Perls del mundo en un pedestal como omniscientes y autoritarios, pero sigo siendo Gloria con dudas, miedos e incertidumbres”.
Los Gloria Films: nacimiento y promoción de la cultura terapéutica
Según Jack Martin (2026), las películas contribuyeron a formar e inspirar a varias generaciones de profesionales de la salud mental y participaron en un cambio en la manera en que la sociedad norteamericana comenzó a entender la psicoterapia.
Las cintas coinciden con un momento de progresiva desinstitucionalización y desestigmatización de los “problemas de salud mental” y los incipientes movimientos antipsiquiátrico y de derechos de supervivientes. Antes de este periodo, la psicoterapia aparecía asociada principalmente a trastornos graves y contextos institucionales. Los Gloria Films presentaban algo diferente: una mujer inteligente y emocionalmente compleja buscaba comprenderse mejor. Con la psicología humanista, el objetivo no era solo aliviar el sufrimiento, sino alcanzar una versión más auténtica, realizada y consciente de la propia persona. La psicoterapia se estaba convirtiendo en una herramienta de conocimiento y crecimiento personal, de “trabajar el sí mismo” adaptado a un gobierno liberal (Rose, 2019). Esta transformación estuvo vinculada a la expansión de la cultura terapéutica y su expertis psicológica. De hecho, la APA produjo posteriormente su propia serie de grabaciones inspiradas en el formato clásico de Tres aproximaciones.
Desde esta perspectiva, los Gloria Films anticiparon tanto las promesas como las limitaciones de la cultura terapéutica contemporánea: la ampliación de espacios para la expresión emocional y el autoconocimiento, pero también la tendencia a traducir problemas sociales, políticos y de género en desafíos psicológicos individuales. La psicología humanista y la cultura terapéutica privilegiaban la autorrealización individual desde posiciones descontextualizadas, prestando poca o nula atención a las estructuras sociales que producían sufrimiento (por ejemplo, al racismo, machismo o clasismo).
Como contraste, en 2018, Gina Moxley estrenó y representó en un teatro en Dublín The Patient Gloria: una crítica feminista de las grabaciones. Su mensaje central: ninguno de los tres terapeutas era capaz de comprender su complicidad en la creación de los mismos problemas que intentaban ayudar. A diferencia de casi toda la literatura previa, la obra representa de forma provocadora las relaciones de poder en la terapia y en la sociedad, con las presiones de género en torno a la maternidad y la sexualidad.

Vistos desde el siglo XXI, los vídeos nos invitan a reflexionar sobre cómo la psicoterapia se representa a sí misma. Constituyen un documento perfecto para analizar los comienzos de la cultura terapéutica moderna, cómo la psicología construye autoridad profesional obviando las relaciones de poder y de género, y los problemas éticos de convertir una terapia privada en estudio de caso y espectáculo educativo y cultural. También nos enseñan cómo una disciplina puede (de)formar profesionales, mientras continúa proyectando estas cintas en pleno siglo XXI para identificar las técnicas de los tres psicólogos a quienes sigue considerando referentes.
NOTA:
Los vídeos son fácilmente localizables en YouTube. En caso de buscarlos y verlos, recomendamos mantener una mirada crítica hacia la cultura terapéutica y, sobre todo, no reproducir las aproximaciones objetivizantes hacia Gloria que hemos señalado a lo largo de esta entrada.
Referencias
Burry, Pamela J. (2008). Living with the 'Gloria Films': A Daughter's Memory. PCCS Books.
Dolliver, Robert H., Williams, Ellen L., & Gold, Dennis C. (1980). The art of Gestalt therapy: or What are you doing with your feet now? Psychotherapy: Theory, Research & Practice, 17(2), 136-142.
Illouz, Eva (2007). Intimidades congeladas. Las emociones en el capitalismo. Katz editores.
Martin, Jack (2026). The 1965 “Gloria Films,” Then and Now. Journal of the History of the Behavioral Sciences, 62(3), e70062.
Rose, Nikolas (2019). La invención del sí mismo. Poder, ética y subjetivación. Pólvora.




